Claudia no tragó.
Se detuvo justo antes de llevar la cuchara a la boca.
Algo dentro de ella gritaba que no lo hiciera.
Levantó la mirada lentamente.
Alberto seguía sonriendo.
Pero sus ojos… no sonreían.
Eran fríos.
Vacíos.
Esperando.
Claudia dejó la cuchara en el plato.
—No tengo hambre… —dijo en voz baja.
La sonrisa de Alberto se tensó.
—Tienes que comer. Es por el bebé.
—Luego… ahora me siento un poco mareada.
Silencio.
Pesado.
Denso.
Elena apareció en la puerta.
No hacía ruido al caminar.
—Cómetelo —dijo sin rodeos.
Claudia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Pero entonces, algo cambió dentro de ella.
Ya no era solo miedo.
Era instinto.
Protección.
Por su hijo.
Se llevó la mano al vientre.
Y tomó una decisión.
—Voy al baño —dijo, levantándose despacio.
Alberto la observó, dudando.
Pero no la detuvo.
Claudia cerró la puerta del baño con llave.
Respiró hondo.
Manos temblorosas.
Sacó el móvil.
Marcó rápidamente el número de emergencias.
Susurrando, explicó todo.
La operadora entendió.
Le pidió que no saliera.
Que ganara tiempo.
Claudia colgó.
Se miró en el espejo.
Pálida.
Asustada.
Pero firme.
Volvió al dormitorio.
La bandeja seguía ahí.
El guiso.
Esperando.
—Me lo comeré —dijo.
Alberto sonrió de nuevo.
Esta vez, satisfecho.
Claudia se sentó.
Tomó la cuchara.
La acercó.
Pero en el último segundo, fingió un mareo.
La bandeja cayó al suelo.
El guiso se derramó por la alfombra.
—¡Claudia! —gritó Alberto.
Ella se sujetó la cabeza.
—No… no me encuentro bien…
Elena avanzó rápidamente.
Demasiado rápido para su edad.
Se arrodilló.
Tocó el guiso con los dedos.
Y entonces… algo inesperado.
Su expresión cambió.
Confusión.
Rabia.
—No ha tomado suficiente —susurró.
En ese momento, se escuchó un golpe fuerte en la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
El silencio explotó.
Alberto se quedó paralizado.
Elena se levantó, furiosa.
—¡Nos han descubierto!
Pero ya era tarde.
La puerta fue derribada.
Los agentes entraron.
Gritos.
Órdenes.
Manos al suelo.
Alberto intentó huir.
No llegó lejos.
Elena gritaba, completamente fuera de sí.
—¡Era necesario! ¡El cuerpo debía adaptarse! ¡El bebé era perfecto!
Claudia, temblando, fue ayudada por una agente.
—Ya estás a salvo —le dijo.
Horas después, en el hospital, todo salió a la luz.
Elena había fingido su muerte para continuar un experimento ilegal.
Quería transferir su conciencia… a través del bebé.
El líquido debilitaba el cuerpo de Claudia.
La hacía “compatible”.
Alberto había estado ayudándola todo el tiempo.
Manipulado.
O quizás no tanto.
Claudia cerró los ojos.
Lágrimas silenciosas.
Pero esta vez…
No eran de miedo.
Eran de alivio.
Se llevó la mano al vientre.
—Estamos bien… —susurró.
Y por primera vez desde aquella noche…
Volvió a respirar en paz.