Después de enterrar a mi mujer, destrozado, decidí llevar a mi hijo de vacaciones…
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
Muy despacio… me giré.
Al principio no vi nada extraño. Gente paseando. Niños jugando. Parejas bajo la sombrilla.
Hasta que la vi.
A unos metros. De espaldas.
El mismo pelo castaño.
La misma forma de caminar.
El corazón empezó a latirme tan fuerte que me dolía.
—No puede ser… —susurré.
Lucas me tiraba de la mano.
—¡Es mamá! ¡Te lo dije!
La mujer se giró.
Y el mundo se detuvo.
No era Marta.
Pero se le parecía tanto… que por un segundo sentí que me faltaba el aire.
Los mismos ojos.
La misma sonrisa suave.
La mujer nos miró, confundida.
—¿Está todo bien? —preguntó con voz tranquila.
Lucas se soltó y corrió hacia ella.
—¡Mamá!
—Lucas, espera —dije, pero ya era tarde.
La mujer se agachó instintivamente.
—Hola, cariño… creo que te has confundido.
Pero Lucas la abrazó con fuerza.
Y algo cambió.
Lo vi en su cara.
En su expresión.
En cómo sus manos, sin pensarlo, lo rodearon.
Como si ese gesto… le naciera de dentro.
Me acerqué despacio.
—Perdona… —dije—. Mi hijo… ha perdido a su madre hace poco.
La mujer me miró.
Y sus ojos se llenaron de algo que no supe identificar.
—Lo siento mucho —respondió en voz baja.
Pero no soltaba a Lucas.
Ni Lucas a ella.
Pasaron unos segundos… largos, incómodos, intensos.
—Me llamo Elena —añadió finalmente.
—David.
Nos quedamos en silencio.
Hasta que Lucas levantó la cabeza.
—Hueles igual…
Se me rompió algo por dentro.
Elena tragó saliva.
—Uso… colonia de lavanda —dijo despacio.
Nos miramos.
No era ella.
Lo sabía.
Pero había algo…
Algo en ese momento.
En ese encuentro.
Que no parecía casualidad.
Durante los días siguientes, coincidimos varias veces en la playa. Al principio por casualidad. Luego… ya no tanto.
Lucas la buscaba con la mirada.
Y ella… también sonreía cuando lo veía.
No intenté forzar nada.
Pero poco a poco, empezamos a hablar.
A compartir silencios.
A reírnos de cosas simples.
El dolor seguía ahí.
Pero ya no era tan pesado.
Una tarde, mientras el sol caía, Lucas estaba construyendo un castillo de arena.
—¿Sabes? —me dijo Elena—. No soy madre.
La miré.
—Pero cuando ese niño me abrazó… sentí algo muy fuerte.
Asentí.
—Yo también.
Nos quedamos mirando a Lucas.
Feliz.
De verdad.
Por primera vez en meses.
—No puedes reemplazar a alguien así —dije—. Marta era única.
—Lo sé —respondió ella—. Y no quiero ocupar su lugar.
La miré.
—Pero a veces… la vida no te devuelve lo que perdiste. Te da algo distinto.
Elena sonrió suavemente.
—Y a veces… eso distinto también puede ser bonito.
Esa noche, mientras volvía al hotel con Lucas de la mano, lo noté.
No era que hubiera olvidado.
Ni que el dolor se hubiera ido.
Pero ya no estaba solo.
Y él tampoco.
Me agaché y lo abracé.
—¿Estás contento, campeón?
—Sí… —dijo sonriendo—. Mamá no ha vuelto… pero ya no me siento triste.
Le besé la cabeza.
Y por primera vez desde aquel día…
Yo tampoco.