Cerré la puerta detrás de mí despacio.
El silencio de la casa me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Todo seguía igual… pero ya no era mi hogar.
Caminé hasta el dormitorio.
Allí estaban.
Los restos de mis vestidos, esparcidos por la cama, el suelo, la silla. Trozos de tela que antes habían sido algo hermoso. Algo mío.
Me acerqué sin prisa.
Toqué uno de los pedazos de seda. Lo recordaba perfectamente. Lo compré por 5 € en un mercadillo en Sevilla. Lo llevé el día que Alejandro me dijo que quería casarse conmigo.
Respiré hondo.
No lloré.
Ya no.
En lugar de eso, saqué el móvil.
Hice fotos.
Muchas fotos.
De cada corte, de cada vestido destrozado, de las tijeras aún encima de la cama.
Luego abrí el armario.
Seguía lleno de sus trajes, sus camisas, sus zapatos caros que tanto presumía delante de todos en la parroquia.
Pasé la mano por una chaqueta.
Impecable.
Perfecta.
Como la imagen que él quería dar.
Sonreí.
Saqué una bolsa grande de basura.
Y empecé.
Primero doblé todos sus trajes con cuidado. Uno por uno. Como si nada hubiera pasado.
Después fui a la cocina.
Abrí la nevera.
Cogí todo lo que encontré: huevos, leche, salsa de tomate, yogures.
Volví al dormitorio.
Abrí cada bolsa.
Y entonces empezó mi “obra”.
Vertí la leche sobre los trajes.
Apreté los huevos con las manos hasta que se rompieron y los dejé caer encima.
La salsa de tomate se deslizó lenta, manchando las telas claras.
El olor empezó a subir.
Fuerte.
Imposible de ignorar.
Pero no me detuve.
Cogí sus zapatos caros y los llené con restos de comida.
Después, cerré las bolsas.
Las dejé cuidadosamente dentro del armario.
Cerré la puerta.
Todo en orden por fuera.
Un desastre por dentro.
Entonces me senté en la cama.
Miré una última vez los restos de mis vestidos.
—Esto era lo único que no tenías derecho a tocar —susurré.
Me levanté.
Pero aún no había terminado.
Volví a coger el móvil.
Entré en el grupo de la parroquia.
Ese donde todos compartían frases bonitas, sonrisas falsas y fotos de domingo.
Subí las fotos.
Todas.
Los vestidos cortados.
Las tijeras.
Y escribí:
“Esto es lo que hace un hombre cuando no acepta que su mujer se vaya. No por Dios. No por amor. Por ego.”
Me quedé mirando la pantalla.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Notificaciones.
Una tras otra.
No esperé a leerlas.
Apagué el móvil.
Cogí mis llaves.
Salí de la casa.
Y dejé la puerta cerrada.
Para siempre.
Esa misma tarde, Alejandro me llamó más de veinte veces.
No respondí.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
No tenía nada que decirle.
Y él, por fin, no tenía nada que quitarme.