Historias

Durante dos meses estuve saliendo con una mujer de 56 años, llevándola a restaurantes

Sus palabras me cayeron como un cubo de agua fría.

Me quedé en silencio unos segundos, mirándola. Ya no era la mujer dulce que sonreía en los restaurantes. Era otra persona. Fría. Dura. Como si todo aquello le diera vergüenza.

Respiré hondo.

“¿De verdad piensas eso?” le pregunté, tranquilo.

“Claro que sí,” respondió sin dudar. “A nuestra edad hay que comportarse con dignidad. No hacer el ridículo.”

Asentí despacio.

Y en ese momento, algo dentro de mí se rompió… pero también se aclaró.

“Entonces creo que no buscamos lo mismo,” le dije.

Frunció el ceño.

“¿Cómo que no?”

Arranqué el coche, pero no avancé. Solo encendí el motor.

“Yo no busco a alguien para sentarme a esperar que pasen los años,” continué. “No quiero una compañera de sofá y pastillas. Quiero una mujer con la que reír, viajar… y sí, también sentirme vivo.”

Ella suspiró, como si yo fuera un crío caprichoso.

“Eso son tonterías. A tu edad deberías ser más serio.”

Sonreí. Pero no de alegría.

De claridad.

“A mi edad sé perfectamente lo que quiero,” respondí.

La llevé hasta su portal. El trayecto fue en silencio.

Cuando paré el coche, se giró hacia mí.

“Bueno… ¿me llamas mañana?”

Negué con la cabeza.

“No, María. No te voy a llamar.”

Se quedó mirándome, sorprendida.

“¿Por eso? ¿Por una tontería?”

“No es una tontería. Es una forma de ver la vida.”

Bajó del coche sin decir nada más. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

La vi entrar en el portal y desaparecer.

Me quedé unos segundos allí, con las manos en el volante.

Y, para mi sorpresa… no me sentía mal.

Al contrario.

Me sentía ligero.

Como si me hubiera quitado un peso de encima.

Arranqué y conduje sin rumbo fijo. Pasé por calles conocidas, por bares llenos de gente riendo, por parejas paseando de la mano.

Y pensé en todo lo que había pasado en esos dos meses.

El dinero, el tiempo, las expectativas.

Pero también pensé en algo más importante.

En que no estaba dispuesto a conformarme.

Esa misma noche, al llegar a casa, no sentí el vacío de otras veces.

Encendí la luz, dejé las llaves… y sonreí.

Porque entendí algo que no había visto antes:

Estar solo no es lo mismo que estar mal acompañado.

Y, por primera vez en mucho tiempo, mi piso no me pareció vacío.

Me pareció lleno de posibilidades.