¿Puedo limpiarle la casa a cambio de algo de comida?
El calor de la casa envolvió a Lucía y a la pequeña en cuanto cruzaron el umbral. La niña miraba todo con curiosidad: las escaleras enormes, las lámparas brillantes, el olor a comida recién hecha que salía de la cocina.
Lucía parecía incómoda. Mojaba el suelo de mármol con cada paso y sujetaba a la niña con fuerza, como si temiera que en cualquier momento las echaran de allí.
Alejandro llamó rápidamente a la cocinera.
—Preparad algo caliente. Lo que sea. Y subid mantas para la niña.
La pequeña sonrió tímidamente cuando le pusieron delante una taza de chocolate caliente y unos churros recién hechos.
—Gracias… —susurró.
Alejandro no podía apartar la vista de ella.
Había algo en aquella niña que le removía por dentro. No solo el parecido físico. Era la forma de mirar. La manera de fruncir el ceño cuando estaba nerviosa. Incluso la forma de agarrar la taza con las dos manos.
Lucía se sentó despacio frente a él.
Parecía avergonzada.
—No quería aparecer así en tu vida —dijo finalmente—. Pero no tenía a nadie más.
Alejandro apoyó los codos sobre la mesa.
—Necesito entender qué pasó.
Lucía respiró hondo. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Descubrí que estaba embarazada justo cuando tu empresa empezó a crecer. Trabajabas día y noche. Apenas dormías. Tenías reuniones en Barcelona, viajes, entrevistas… y pensé que no había sitio para nosotras en tu vida.
—Eso debías haberlo decidido conmigo —respondió él con dureza.
Ella asintió lentamente.
—Lo sé. Pero después me dieron una noticia peor.
Alejandro sintió un escalofrío.
—Tenía cáncer.
El silencio cayó sobre la habitación.
Lucía bajó la cabeza.
—Los médicos no sabían si iba a salir adelante. Empecé quimioterapia estando embarazada. Perdí el pelo, perdí fuerzas… y pensé que lo mejor era desaparecer. No quería arrastrarte conmigo.
Alejandro se levantó de golpe y caminó hacia la ventana.
La lluvia seguía cayendo sobre el jardín.
Sentía rabia.
Rabia por todos aquellos años perdidos.
Por los cumpleaños que no vivió.
Por los primeros pasos de su hija.
Por cada noche que Lucía pasó sola mientras él creía que simplemente había dejado de amarlo.
—¿Tan poco confiabas en mí? —preguntó sin girarse.
Lucía empezó a llorar.
—No confiaba ni en mí misma.
La pequeña bostezó desde el sofá.
—Mami… tengo sueño.
Alejandro se acercó despacio y se agachó frente a ella.
—¿Te gustaría dormir en una habitación calentita?
La niña asintió sonriendo.
Aquella sonrisa terminó de romperle el corazón.
Esa noche, después de acostar a la pequeña en una habitación enorme llena de peluches que pertenecían a una sobrina suya, Alejandro salió a la terraza.
Necesitaba aire.
Lucía apareció unos minutos después, envuelta en una bata seca.
—Mañana nos iremos —dijo en voz baja—. No quiero causarte problemas.
Alejandro la miró fijamente.
—¿Problemas? Lucía… eres la mujer que más he querido en mi vida.
Ella cerró los ojos.
—Pensé que me odiarías.
—Te odié mucho tiempo —confesó él—. Pero ahora mismo no sé qué sentir.
Lucía rompió a llorar otra vez.
—A veces dormíamos en estaciones de autobús. Hubo días en los que no tenía ni diez euros para darle de comer a la niña. Limpiaba casas cuando podía. Vendía ropa usada. Hice de todo para salir adelante.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
Miró hacia la ventana de la habitación donde dormía la pequeña.
Su hija.
Porque en el fondo lo sabía.
No necesitaba pruebas.
Lo sentía.
A la mañana siguiente, bajó temprano a la cocina y encontró a Lidia —porque así se llamaba finalmente la niña— dibujando en una hoja con unos lápices viejos.
—¿Qué haces? —preguntó sonriendo.
La niña levantó el dibujo.
Eran tres personas cogidas de la mano.
—Somos nosotros —dijo inocentemente.
Aquella simple frase terminó de derribar todas las barreras que Alejandro llevaba años construyendo.
Ese mismo día llamó a sus abogados.
Canceló viajes.
Aplazó reuniones.
Y tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre.
Compró una pequeña casa para la madre de Lucía en Valencia, pagó todos los tratamientos médicos pendientes y abrió una cuenta de ahorro a nombre de Lidia con más de 300.000 euros para garantizar su futuro.
Pero lo más importante no fue el dinero.
Fue lo que ocurrió semanas después.
Una noche, mientras cenaban los tres juntos en el jardín, Lidia se quedó mirando a Alejandro y preguntó:
—¿Te vas a quedar con nosotras para siempre?
Alejandro miró a Lucía.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
Entonces él sonrió y respondió:
—Sí. Ya no pienso volver a perderos.
Y por primera vez en muchos años, aquella enorme casa dejó de sentirse vacía.