Me acosté otra vez con mi exmujer durante un viaje de trabajo
Ni la forma en que escondió las sábanas como si su vida dependiera de ello.
Pasaron cuatro semanas.
Exactamente un mes después, salía de la oficina cuando recibí una llamada desde Valencia. Contesté por reflejo.
Y al otro lado, una mujer dijo mi nombre completo antes de pronunciar una frase que me dejó paralizado en mitad de la calle
—¿Es usted David Rojas?
La voz de la mujer sonaba seria. Demasiado seria.
—Sí… soy yo.
Hubo unos segundos de silencio.
Después dijo algo que hizo que las piernas me temblaran.
—Le llamamos del Hospital General de Valencia. Laura Méndez ha pedido que lo contacten. Está ingresada.
Sentí un vacío brutal en el estómago.
—¿Qué ha pasado?
La mujer dudó antes de responder.
—Señor… sería mejor que viniera cuanto antes.
No recuerdo cómo llegué a casa aquella noche. Preparé una mochila casi sin pensar y conduje hasta Valencia de madrugada con la sensación de que algo horrible me esperaba allí.
Todo el camino pensé en aquella noche.
En la playa.
En su mirada.
En la mancha roja sobre las sábanas.
Y cuanto más lo pensaba, peor me sentía.
Llegué al hospital poco antes del amanecer.
El edificio olía a desinfectante y café frío. En recepción dijeron mi nombre antes incluso de que me identificara.
Como si me estuvieran esperando.
Una enfermera me llevó hasta la planta de hematología.
Aquello me hizo detenerme.
—¿Hematología? —pregunté confundido.
La mujer bajó la mirada.
—Laura está muy enferma.
Sentí un escalofrío recorrerme entero.
Cuando entré en la habitación casi no la reconocí.
Estaba mucho más delgada.
Pálida.
Con ojeras oscuras y un pañuelo cubriéndole la cabeza.
Parecía agotada.
Pero cuando me vio, sonrió.
Y eso fue lo peor.
Porque entendí enseguida que aquella sonrisa escondía demasiado dolor.
—Hola… —susurró.
Me acerqué lentamente a la cama.
—¿Qué está pasando, Laura?
Ella respiró hondo.
Le costaba incluso hablar.
—Tengo leucemia.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mí.
Me quedé inmóvil.
Sin saber qué decir.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi un año.
La rabia me golpeó de repente.
—¿Y no me dijiste nada?
Laura cerró los ojos unos segundos.
—Porque no quería que volvieras por pena.
Aquella frase me destrozó.
Me senté junto a ella sin dejar de mirarla.
Entonces comprendí lo de las sábanas.
Lo entendí todo.
La sangre.
El miedo.
La forma en que escondió aquello desesperadamente.
Laura notó que lo había entendido y bajó la cabeza.
—Aquella noche empezó una hemorragia… pero no quería arruinarlo. Hacía años que no me sentía viva.
Sentí ganas de llorar.
Pero ella continuó.
—Después de que te fueras me encontraron nuevas complicaciones. Los tratamientos dejaron de funcionar.
La habitación quedó en silencio.
Solo se escuchaban las máquinas.
Yo no sabía qué hacer con todo aquello.
Con la culpa.
Con el miedo.
Con el hecho de seguir queriéndola.
—¿Por qué pediste que me llamaran? —pregunté finalmente.
Laura me miró fijamente.
Y entonces dijo algo que me rompió por dentro.
—Porque estoy embarazada.
El mundo se detuvo.
Literalmente.
Me quedé sin aire.
—¿Qué…?
Ella empezó a llorar en silencio.
—Los médicos dicen que es casi imposible… pero pasó.
Me llevé las manos a la cabeza.
No sabía si estaba feliz, aterrorizado o ambas cosas al mismo tiempo.
—Laura…
—Escúchame primero —me interrumpió—. El embarazo puede matarme. Mi cuerpo ya está demasiado débil.
Noté cómo el corazón me golpeaba violentamente el pecho.
—¿Y el bebé?
Las lágrimas rodaron por su cara.
—De momento sigue adelante.
Me levanté y empecé a caminar por la habitación sin poder respirar bien.
Todo aquello parecía una pesadilla.
Ella enferma.
Un hijo.
Y aquella sensación horrible de que el tiempo se estaba acabando.
—¿Qué quieren hacer los médicos? —pregunté.
Laura tardó en responder.
—Quieren interrumpir el embarazo para empezar otro tratamiento agresivo.
La miré.
—¿Y tú?
Ella apoyó una mano sobre el vientre todavía plano.
Y sonrió con una tristeza imposible de describir.
—Yo ya tomé mi decisión.
Sentí miedo de verdad.
Del que paraliza.
—No puedes hacer eso…
—David… llevo un año viendo hospitales, agujas y despedidas. Por primera vez en mucho tiempo tengo algo por lo que quiero luchar.
Aquella noche me quedé con ella.
Y la siguiente también.
Las semanas pasaron entre médicos, pruebas y silencios largos.
Volví a Valencia definitivamente.
Dejé proyectos.
Reuniones.
Todo.
Porque entendí demasiado tarde que algunas personas solo aparecen una vez en la vida.
El embarazo fue un infierno.
Laura empeoraba cada mes.
Pero nunca se quejaba.
Nunca.
Solo hablaba del bebé.
De cómo quería llamarla Sofía si era niña.
O Lucas si era niño.
A veces me despertaba de madrugada y la encontraba acariciándose el vientre mientras lloraba en silencio.
Y aun así sonreía cuando me veía despierto.
En el séptimo mes todo se complicó.
Una infección.
Fiebre alta.
Hemorragias.
Los médicos corrían por los pasillos mientras yo esperaba fuera del quirófano sintiendo que me moría.
Después de horas eternas, un médico salió.
Nunca olvidaré su mirada.
—Hemos conseguido salvar al bebé.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Y Laura?
El hombre bajó la cabeza lentamente.
No hizo falta que dijera nada más.
Mi hija nació aquella madrugada.
Pequeña.
Frágil.
Pero viva.
Y cuando la sostuve por primera vez entendí por qué Laura había luchado hasta el final.
La llamé Sofía.
Como ella quería.
Han pasado tres años desde entonces.
Y todavía hay noches en las que despierto recordando aquella mancha roja sobre las sábanas.
Porque ahora sé que no fue el final de una historia.
Fue el principio de la última decisión de amor que Laura tomó en su vida.