Mi madre murió en una cama de la Seguridad Social, con las manos frías y los pies hinchados,
La sonrisa desapareció de su cara.
Sergio se acercó con los dientes apretados.
—No te metas conmigo, Elena. Tú no sabes nada de mamá.
Y por primera vez sentí que aquella frase no era un insulto.
Era una advertencia.
Cuando se fueron, cerré con un candado viejo y empecé a revisar la casa.
Cajones, cajas de zapatos, bolsas de la compra, latas donde mi madre guardaba hilos y botones.
Nada.
Hasta que volvió a llover.
El agua empezó a caer justo en la esquina donde estaba el armario viejo. Moví un cubo y noté que una chapa del techo sonaba hueca.
Me subí a una silla, luego a la mesa, temblando porque nunca me gustaron las alturas. Metí la mano por una rendija y toqué algo envuelto en plástico negro.
Tiré de ello.
Cayeron polvo, tierra seca y un escorpión muerto.
Después cayó una caja metálica de galletas.
Tenía un pequeño candado dorado.
La llave de la cinta roja encajó como si hubiera estado esperándola durante años.
Dentro había tres cosas.
Una libreta de ahorro a nombre de Teresa López Martínez.
Un sobre amarillo sellado.
Y una fotografía antigua.
En la foto estaba mi madre, pero no como yo la conocía. Llevaba un vestido blanco, pendientes de perla, el pelo perfectamente arreglado y una mirada triste.
A su lado había un hombre alto con traje y la mano apoyada en su cintura.
En el reverso estaba escrito:
“Mariana y Arturo. Madrid, 1988.”
Abrí la libreta.
Había ingresos antiguos. Algunos de miles de euros. Otros de cientos de miles.
El último movimiento era de hacía apenas dos meses.
Ingreso: 50.000 €.
Concepto: “Silencio marzo”.
Marzo.
La fecha del calendario.
Sentí que la casa se me venía encima.
No podía ser.
Mi madre no tenía dinero ni para sus medicamentos y alguien le enviaba cincuenta mil euros.
Abrí el sobre amarillo.
Dentro había una copia de un certificado de nacimiento, documentos notariales, recortes de periódico y una carpeta con el membrete de “Grupo Aranda del Valle”.
Leí primero el certificado.
Nombre: Mariana Aranda del Valle.
La fotografía era la de mi madre.
Mi madre no se llamaba Teresa.
Mi madre era hija de una de las familias más ricas de España.
Me senté en el suelo con las piernas temblando.
Recordé todas las veces que la vi contar monedas para comprar pan. Todas las veces que pidió medicamentos más baratos. Todas las veces que mi hermano la humilló llamándola miserable.
Y mientras lloraba, sonó mi móvil.
Era Sergio.
No contesté.
Entró un mensaje de voz.
Lo reproduje sin pensar.
Se oyó su respiración agitada y luego la voz de Patricia al fondo:
—¿Ya ha encontrado la caja?
La sangre se me congeló.
Sergio susurró: