Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar:
Sergio agarró a Mateo del brazo.
—¿Qué le has dicho?
Mateo lo miró fijamente.
—Que la quiero.
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Renata sacó el móvil del bolso.
—El notario está abajo. Tenemos que terminar esto de una vez.
Sergio tomó la mano inmóvil de Valeria y trató de colocar una pluma entre sus dedos.
—Vas a firmar, Valeria. Aunque tenga que mover tu mano yo mismo.
Pero ella ya no se estaba muriendo.
Y cinco minutos después alguien llamó a la puerta.
Renata sonrió.
—Debe de ser el notario.
La puerta se abrió.
Pero no entró ningún notario.
Entró una mujer con traje oscuro, mirada firme y una carpeta bajo el brazo.
—Buenas noches, Sergio —dijo la abogada Gálvez—. Antes de volver a tocar a mi clienta, le sugiero que explique por qué los frenos de su coche fueron manipulados.