Mi hijo Guillermo desapareció del colegio hace quince años.
En la pared del recibidor colgaba una fotografía.
Era una foto de Guillermo.
No una cualquiera.
Era la fotografía que le hicieron el primer día de quinto de Primaria, con el jersey azul marino que yo misma le había comprado y una pequeña mancha de pintura en la manga izquierda.
Aquella fotografía nunca se había hecho pública.
Jamás apareció en los carteles de búsqueda.
Solo existía una copia.
La que desapareció de nuestra casa el mismo día que desapareció él.
Noté que las piernas me flaqueaban.
—¿De dónde has sacado esa foto?
El joven se giró para mirarla.
—Siempre ha estado aquí.
Su respuesta fue tan natural que me estremeció.
Miguel acababa de llegar hasta el porche.
Al entrar también se quedó inmóvil al verla.
—Es imposible…
El muchacho nos invitó a pasar.
La casa era sencilla y estaba impecablemente ordenada.
Sobre una estantería había varios cuadernos llenos de dibujos.
Todos tenían el mismo rostro.
El mío.
Con distintas edades.
Con distintos peinados.
Como si hubiera intentado reconstruirme durante años sin saber quién era.
Nos sentamos en silencio.
Fue él quien habló primero.
—Me llamo Guillermo… o eso me dijeron.
Levanté la vista de golpe.
—¿Quién te lo dijo?
—La mujer que me crió.
Respiró hondo antes de continuar.
—Murió hace seis meses. Antes de fallecer me confesó que no era mi madre biológica. Me encontró cuando era pequeño, desorientado, cerca de una estación de servicio. Dijo que intentó localizar a mi familia, pero nunca pudo demostrar quién era yo porque no llevaba documentación.
Algo no encajaba.
—¿Nunca fuiste al colegio?
—Sí. Pero me cambiaron varias veces de ciudad. Ella trabajaba como transportista y nos mudábamos constantemente.
Me fijé en una pequeña cicatriz detrás de su oreja.
Guillermo siempre había tenido una marca de nacimiento justo en ese lugar.
Las lágrimas empezaron a caerme sin remedio.
—¿Recuerdas algo de cuando eras pequeño?
Cerró los ojos.
—Muy poco. Una canción.
Empezó a tararearla.
Era la misma melodía absurda que inventábamos cada noche antes de dormir.
Una canción que nunca escribimos en ningún sitio.
Miguel rompió a llorar.
El joven nos miró confundido.
—¿Por qué estáis llorando?
Saqué del bolso una vieja fotografía que llevaba conmigo desde hacía quince años.
En ella aparecía un niño de diez años sonriendo junto a mí.
La observó durante varios segundos.
Después levantó la vista.
Miró la foto.
Me miró a mí.
Volvió a mirar la foto.
—Soy yo…
Lo dijo casi sin voz.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Aquella misma tarde acudimos juntos a la Policía Nacional.
Las pruebas de ADN tardaron varios días.
Fueron los días más largos de nuestras vidas.
Cuando llegó el resultado, el inspector apenas necesitó leer la primera página.
Sonrió.
—No hay ninguna duda.
Guillermo era nuestro hijo.
La investigación reveló después que la mujer que lo había criado nunca participó en su desaparición.
Según pudieron reconstruir los investigadores, lo encontró solo, desorientado y con un fuerte golpe en la cabeza que le provocó una pérdida parcial de memoria. En lugar de avisar a las autoridades, tomó la decisión equivocada de criarlo como si fuera suyo, temiendo que se lo arrebataran si confesaba la verdad.
Fue un acto ilegal.
Y también una decisión que marcó la vida de todos.
Recuperar quince años perdidos no era posible.
Ninguno de nosotros pretendió hacerlo.
Empezamos poco a poco.
Un café.
Una comida.
Una tarde viendo álbumes familiares.
Después llegaron los abrazos que durante años solo habían existido en sueños.
Un domingo, mientras preparábamos una paella en el jardín, Guillermo empezó a tararear aquella vieja canción de la infancia.
Esta vez no la cantó solo.
Miguel y yo nos unimos a él.
Entonces comprendí algo que había esperado durante quince años.
No podíamos recuperar el tiempo perdido.
Pero sí podíamos construir todo el que aún nos quedaba juntos.