Mi gata me despertaba todas las noches y me obligaba a salir del dormitorio
Le hice una pregunta que, al principio, pareció sorprenderla.
—¿Solo la obliga a salir del dormitorio? ¿Nunca del salón?
Ana negó con la cabeza.
—Solo de mi habitación.
—¿Y duerme con la puerta cerrada?
—Sí. Siempre.
Me quedé unos segundos pensando.
Los animales pueden reaccionar a olores, sonidos o cambios ambientales que las personas apenas perciben. No significa que tengan capacidades sobrenaturales, pero sí sentidos mucho más desarrollados.
—Antes de pensar en un problema de comportamiento, quiero que revise una cosa cuando llegue a casa.
Le expliqué que comprobara si el dormitorio tenía una ventilación adecuada y que llamara a un técnico para revisar la calefacción y cualquier aparato de combustión cercano. También le recomendé instalar un detector de monóxido de carbono si no tenía uno.
Ana me miró con extrañeza.
—¿Cree que puede tener relación?
—No lo sé. Pero prefiero descartar primero cualquier riesgo para su seguridad.
Dos días después volvió a llamarme.
Esta vez su voz era completamente distinta.
—Tenía razón al mandarme revisar la habitación.
Sentí un nudo en el estómago.
Me contó que el técnico había detectado una pequeña fuga de monóxido de carbono procedente de una antigua caldera situada junto al dormitorio. La cantidad no era suficiente para provocar una intoxicación grave de forma inmediata, pero sí podía acumularse durante la noche en aquella estancia mal ventilada.
El técnico insistió en que la avería debía repararse de inmediato.
La caldera fue sustituida ese mismo día y también instalaron un detector.
—Desde entonces —me dijo Ana—, Luna ya no me despierta.
La gata seguía durmiendo a su lado, tranquila, como había hecho durante años antes de que apareciera el problema.
Semanas después Ana pasó por la clínica únicamente para saludar.
Luna viajaba relajada en su transportín.
—Quería darle las gracias —me dijo sonriendo—. Yo estaba convencida de que el problema era ella.
Me agaché para acariciar a la gata.
—A veces los animales cambian de conducta porque intentan evitar algo que les resulta molesto o peligroso. No siempre sabemos exactamente qué perciben, pero cuando un comportamiento aparece de forma repentina merece la pena investigarlo antes de pensar que es un simple capricho.
Ana asintió.
—Si hubiera seguido ignorándola, probablemente habría continuado tomando pastillas para dormir sin preguntarme qué estaba pasando de verdad.
Luna salió un momento del transportín, se frotó contra la pierna de su dueña y volvió a acomodarse.
Mientras las veía marcharse, pensé en la cantidad de veces que las personas interpretamos el comportamiento de un animal desde nuestra propia lógica.
No todas las historias tienen una explicación extraordinaria.
Pero sí recuerdan algo importante: cuando un animal cambia bruscamente su conducta, lo más prudente es consultar tanto al veterinario como, si existen indicios de un problema en el entorno, revisar también las condiciones de la vivienda.
En aquella ocasión, Luna no estaba intentando molestar a su dueña.
Solo insistía, noche tras noche, en que abandonara una habitación que ya no era tan segura como parecía.