Historias

Todas las noches, la nueva esposa de mi hermano aparecía en la puerta de nuestro

Sentí cómo el pulso me golpeaba en las sienes.

Alba seguía sujetándome la mano. No apartaba la vista de Sergio.

El golpe en la puerta volvió a repetirse.

Tac.

Esta vez, mi marido respondió con un movimiento casi imperceptible. No llegó a girarse, pero sus dedos se crisparon sobre la sábana.

Alba respiró hondo.

—No abras los ojos —susurró tan bajo que apenas pude distinguir las palabras.

Yo ya los tenía abiertos.

Entonces comprendí que no me hablaba a mí.

Se lo decía a Sergio.

Él sonrió.

No fue una sonrisa amplia. Apenas una curvatura en la comisura de los labios. Lo suficiente para hacer que se me helara la sangre.

Se dio la vuelta lentamente y nos miró.

Su expresión era completamente serena.

—Ya está otra vez —dijo con una voz tranquila—. ¿No os vais a cansar nunca?

Alba soltó mi mano y se sentó del todo.

—Esta noche no —respondió.

Durante unos segundos nadie habló.

Yo miraba a uno y a otro sin entender nada.

Fue Sergio quien rompió el silencio.

—No quería que ella lo supiera todavía.

—Nunca ibas a decírselo —contestó Alba.

Mi hermano apareció entonces en la puerta. Llevaba una linterna apagada en la mano.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Todo bien? —preguntó con un hilo de voz.

Alba asintió.

—Ha despertado.

Javier me miró con una mezcla de tristeza y resignación.

—Tenemos que contártelo todo.

Sergio soltó una risa seca.

—Adelante. Ya da igual.

Nos trasladamos al salón antes de que amaneciera. Nadie parecía tener sueño.

Fue mi hermano quien empezó a hablar.

Meses antes de casarse, Alba le había confesado que su padre sufría episodios muy graves de sonambulismo. Mientras dormía era capaz de caminar por la casa, abrir puertas e incluso manipular objetos sin recordar nada al despertar.

Lo verdaderamente peligroso era que, en ocasiones, reaccionaba con violencia cuando alguien intentaba despertarlo de golpe.

Alba había aprendido desde niña a reconocer las señales: un pequeño chasquido con la lengua antes de levantarse, una respiración distinta y aquella sonrisa casi imperceptible.

Cuando conoció a Sergio y pasó unos días con nosotros, reconoció exactamente los mismos síntomas.

No quiso decir nada sin estar completamente segura.

Después de la boda decidió quedarse en medio de la cama porque era la única forma de notar el instante en que él empezaba a moverse durante la noche y evitar que llegara hasta mí sin despertarlo bruscamente.

—Las dos primeras veces se levantó con un cuchillo de la cocina —dijo Alba con la voz quebrada—. Conseguí convencerlo para que volviera a acostarse antes de que os dierais cuenta.

Me quedé inmóvil.

Miré a Sergio.

Él bajó la cabeza.

—Lo sabía desde hace años —admitió—. Pensé que ya lo tenía controlado. Me daba vergüenza reconocerlo. No quería que vivieras con miedo.

Sentí rabia.

No porque estuviera enfermo.

Sino porque había decidido cargar él solo con aquello y había permitido que yo creyera que Alba estaba perdiendo la cabeza.

La tensión acumulada durante semanas se deshizo en un instante.

Lloré.

También lloró Alba.

Hasta Sergio terminó rompiéndose.

Aquella misma mañana pedimos cita con un especialista en trastornos del sueño. Después llegaron las pruebas, el tratamiento y una serie de medidas para mantener la casa segura durante las noches.

No fue un cambio inmediato.

Hubo recaídas y noches difíciles.

Pero ya no había secretos.

Con el tiempo entendí que Alba nunca intentó invadir nuestro matrimonio. Todo lo contrario. Había soportado mi desconfianza y mis silencios porque creía que protegerme era más importante que caerme bien.

Meses después, cuando recordábamos aquellas noches, ella sonreía con cierta timidez.

—Sé que pensabas que estaba loca.

Yo también sonreía.

—La verdad es que sí.

Nos echábamos a reír las dos.

A veces las historias más inquietantes no esconden fantasmas ni maldiciones. Solo personas que tienen miedo de pedir ayuda y otras que, en silencio, hacen todo lo posible para proteger a quienes quieren.