Invité a cenar a un hombre de cuarenta años con el que estaba saliendo
Lo miré unos segundos sin decir nada.
Él seguía examinando mi plato como si fuera el jurado de un concurso gastronómico.
—Y otra cosa —continuó—. El chorizo está bien, pero yo habría puesto uno un poco más curado. Da más sabor. Ah, y el caldo… quizá le falte una hora más de cocción.
Asentí lentamente.
—Entiendo.
Él sonrió satisfecho.
Creyó que estaba aceptando una valiosa lección culinaria.
—Es que en mi casa siempre hemos comido muy bien. Mi madre cocina de maravilla. Cuando una mujer quiere conquistar a un hombre, esos pequeños detalles marcan la diferencia.
Cogí mi cuchara, probé tranquilamente mi cocido y respondí:
—Pues tu madre debe de cocinar realmente bien.
—Muchísimo.
—Entonces tienes mucha suerte.
—Claro.
Hizo una pausa.
—Aunque ya tiene sesenta y ocho años y se cansa bastante. Por eso espero encontrar una mujer que cocine parecido.
Aquella frase terminó de colocar todas las piezas del puzle.
No estaba buscando una pareja.
Estaba buscando un reemplazo.
Respiré hondo.
—Javier.
—¿Sí?
—¿Sabes qué es lo que más me ha llamado la atención de esta cena?
—¿El qué?
—Que has venido a casa de una mujer invitado, con las manos vacías.
Frunció el ceño.
—Bueno… me invitabas tú.
—Exacto.
—No le veo el problema.
—Después has comparado mi comida con la de un comedor de empresa.
Él soltó una risa.
—Era una broma.
—Luego la has comparado con la de tu madre.
—Porque cocina muy bien.
—Y llevas diez minutos diciéndome todo lo que debería haber hecho diferente.
Se encogió de hombros.
—Las críticas constructivas ayudan a mejorar.
Sonreí.
Por primera vez en toda la noche.
Me levanté de la mesa, recogí su plato, que todavía estaba casi lleno, y me dirigí a la cocina.
Él me siguió con la mirada.
—¿Qué haces?
Volví con un táper.
Metí dentro el cocido que quedaba.
Cerré la tapa.
Se lo puse delante.
—Toma.
—¿Para mañana?
—No.
Me crucé de brazos.
—Para que se lo lleves a tu madre. Seguro que sabrá cortarle el repollo como a ti te gusta.
Se quedó completamente desconcertado.
—Oye… tampoco hace falta ponerse así.
—Sí hace falta.
Su expresión cambió por primera vez desde que había llegado.
—Creo que estás exagerando.
Negué con la cabeza.
—No. Lo que pasa es que ya tengo edad para distinguir entre un hombre agradecido y uno que cree que el mundo está para servirle.
Hubo unos segundos de silencio.
Cogió el táper con cierta torpeza.
—Bueno… pues si te lo has tomado tan mal…
Lo acompañé hasta la puerta.
Antes de que saliera, añadió:
—La verdad es que no esperaba esta reacción.
Sonreí con educación.
—Yo tampoco esperaba que un hombre de cuarenta años apareciera a cenar sin una simple botella de vino y dedicara la velada a puntuar mi cocina.
No respondió.
Se marchó escaleras abajo con el táper bajo el brazo.
Cerré la puerta.
Miré la mesa.
Encendí una vela que ni siquiera habíamos disfrutado y me serví otro plato de cocido.
Estaba delicioso.
Mientras cenaba tranquilamente, pensé que durante años había creído que encontrar pareja consistía en dar oportunidades.
Aquella noche comprendí que también consistía en saber cuándo no dar una segunda.
Y, sinceramente, el mejor sabor que me dejó aquella cena no fue el del cocido.
Fue el de haber aprendido a no conformarme nunca con alguien que confundía la confianza con el derecho a exigir.