—¡AGENTE, SAQUE A ESTE VIEJO CHOCHO DE LA COLA! ¡NOS ESTÁ HACIENDO PERDER EL TIEMPO A TODOS!
En la pantalla figuraba una autorización de transferencia automática.
Todos los meses, apenas unas horas después de ingresar la pensión, más del sesenta por ciento del dinero era enviado a otra cuenta bancaria.
Lo extraño era que la autorización aparecía firmada mediante un poder notarial.
—¿Quién es el titular de esa cuenta? —pregunté.
La empleada hizo clic varias veces.
Entonces apareció un nombre.
Luis Herrera.
Don Gregorio negó con la cabeza.
—No conozco a ningún Luis.
Pedí que nadie abandonara la oficina y llamé a la unidad especializada en delitos económicos.
Mientras esperábamos, me senté junto a mi antiguo profesor.
—¿Ha firmado algún documento últimamente?
Pensó durante unos segundos.
—Hace unos meses vino un hombre diciendo que era del banco. Me dijo que debía actualizar unos papeles para seguir cobrando la pensión sin problemas.
Sentí un nudo en el estómago.
Era una estafa.
Los investigadores confirmaron en pocas horas que el supuesto empleado del banco había recorrido varios pueblos haciéndose pasar por gestor financiero.
Convencía a personas mayores para firmar documentos que, en realidad, le daban acceso parcial a sus cuentas.
Don Gregorio era una de sus víctimas.
Y llevaba cuatro meses sin darse cuenta de que alguien se quedaba con gran parte de su pensión.
Los jóvenes que lo habían estado grabando bajaron lentamente los teléfonos.
Nadie se reía ya.
La empleada de Correos se acercó avergonzada.
—Perdóneme… Pensé que estaba confundido.
Don Gregorio sonrió con tristeza.
—A veces los mayores solo necesitamos que alguien nos escuche antes de decir que estamos equivocados.
Aquellas palabras dejaron la oficina en silencio.
Dos semanas después, la Policía detuvo al estafador.
Recuperaron buena parte del dinero de varias víctimas, incluido el de don Gregorio.
El día que fui a entregarle la resolución del caso, me invitó a tomar un café.
Saqué del bolsillo un viejo boletín escolar que llevaba años guardando.
En una esquina seguía viéndose, escrita con tinta roja, la palabra «Suspenso».
Él la miró y sonrió.
—Al final aprobaste.
Negué despacio.
—No, profesor.
—Usted fue quien me aprobó a mí en la vida.
Y, por primera vez desde que salí de aquel colegio, vi cómo don Gregorio dejaba escapar una lágrima.