A LAS TRES DE LA MADRUGADA, LA AMANTE DE MI MARIDO ME ENVIÓ UNA FOTO QUE DEBÍA
documentación bancaria,
un ordenador portátil,
dos teléfonos seguros,
y una carpeta cuya existencia Alejandro desconocía por completo.
En ella estaban todas las pruebas que demostraban una verdad muy sencilla.
El paquete mayoritario de acciones de la empresa ya no estaba legalmente a su nombre.
Estaba al mío.
Y él estaba a punto de descubrirlo.
Por eso, a las cuatro de la madrugada, mientras Madrid todavía dormía, me subí a un todoterreno negro registrado a nombre de una de las filiales del grupo empresarial.
Camino del aeropuerto envié un único mensaje a mi abogada:
«Empiece.»
La respuesta llegó menos de un minuto después.
«Todo está en marcha. Antes de las nueve de la mañana habrá perdido mucho más que a su esposa.»