Aquel hombre vendió su propia sangre para que yo
Caí de rodillas delante de él.
Mi padre se quedó inmóvil.
—¿Qué haces, hijo? —murmuró confundido.
Le apreté la mano con fuerza.
Las lágrimas me caían sin control.
—Perdóname… —susurré.
Él no entendía nada.
—¿Perdonarte por qué?
Respiré hondo.
—Porque he tardado demasiado en hacerlo.
Me levanté despacio y lo miré a los ojos.
Ese hombre que tenía delante estaba cansado, encorvado, con las manos temblorosas… pero seguía siendo el mismo hombre que me había llevado a la escuela cada mañana.
El mismo que vendió su sangre para que yo pudiera estudiar.
El mismo que nunca me dejó sentir que estaba solo en el mundo.
—No te voy a dar ni un euro —repetí.
Sus ojos se humedecieron otra vez.
Pero antes de que pudiera decir nada, continué:
—Porque no te voy a prestar dinero. Voy a pagar la operación completa.
Se quedó mirándome como si no entendiera lo que acababa de escuchar.
—¿Qué?
—Ya he hablado con un hospital privado —dije—. La operación está programada para la semana que viene.
Su boca tembló.
—Pero… ¿cómo?
Sonreí.
—Porque el médico que te diagnosticó… trabaja para la empresa que financia mi compañía.
En realidad, llevaba meses siguiéndolo en secreto.
Un vecino me había llamado preocupado al ver que cada vez estaba más enfermo.
Desde entonces pagaba sus revisiones médicas sin que él lo supiera.
Pero había esperado.
Esperado hasta que él mismo viniera a pedirme ayuda.
Mi padre bajó la mirada.
—No quiero arruinarte…
Me eché a reír entre lágrimas.
—Papá… gano más de 8.000 euros al mes.
Lo miré con ternura.
—¿Sabes cuánto cuesta una bolsa de sangre hoy en día?
Me miró sorprendido.
—Unos 60 euros.
Guardé silencio unos segundos.
—¿Sabes cuántas veces vendiste la tuya por mí?
No respondió.
Porque ni siquiera él mismo lo sabía.
Entonces abrí un cajón del escritorio.
Saqué un sobre.
Dentro había un documento.
Se lo tendí.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Las escrituras.
—¿De qué?
—De tu casa.
Le temblaron las manos al abrir el papel.
—Compré una casa pequeña cerca del mar, en Valencia. Tiene un jardín, un huerto y una terraza.
Le sonreí.
—Para que el viejo más terco del mundo viva tranquilo.
Mi padre rompió a llorar.
No como un hombre mayor.
Como un niño.
Me abrazó con una fuerza que no sabía que aún tenía.
—No hacía falta… hijo…
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Claro que hacía falta.
Respiré profundo.
—Porque todo lo que soy… te lo debo a ti.
Él vendió su sangre para darme un futuro.
Y ese día, por primera vez en mi vida, sentí que por fin empezaba a devolverle una pequeña parte de todo lo que me había dado.