El bebé del millonario no quería comer absolutamente nada
Alejandro no respondió.
Simplemente se quedó mirando el suelo de mármol, como si en él pudiera encontrar alguna respuesta.
En su vida siempre había tenido soluciones para todo. Negocios complicados, hoteles al borde de la quiebra, negociaciones imposibles… siempre había salido victorioso.
Pero aquello era diferente.
Era su hijo.
Y estaba perdiendo la batalla.
Desde dentro de la habitación volvió a escucharse el llanto débil de Mateo. Ya no era un llanto fuerte, como el de los bebés llenos de energía. Era un llanto cansado, apagado… como si al pequeño ya no le quedaran fuerzas.
Ese sonido atravesó el pecho de Alejandro.
—Voy a entrar otra vez —dijo la enfermera Laura.
Pero justo en ese momento ocurrió algo inesperado.
Desde el final del pasillo apareció una mujer con uniforme sencillo de limpieza. Llevaba un cubo y una fregona en la mano. Era Ana, la nueva empleada del hogar que llevaba apenas dos semanas trabajando en la casa.
Se había detenido al escuchar la conversación.
Miró con timidez.
—Perdone, señor… —dijo en voz baja.
Isabel la miró con evidente molestia.
—¿Qué pasa ahora?
Ana dudó un momento, como si estuviera decidiendo si debía hablar o no.
—Yo… no quiero meterme donde no me llaman… pero he escuchado lo del niño.
Alejandro levantó la vista.
Estaba demasiado cansado para enfadarse.
—¿Sí?
Ana se retorció las manos.
—En mi pueblo… cuando un bebé dejaba de comer después de perder a su madre… mi abuela decía que a veces no era la comida lo que le faltaba.
El silencio cayó sobre el pasillo.
—¿Y entonces qué le faltaba? —preguntó Alejandro.
Ana respiró hondo.
—Calor de hogar.
Isabel soltó una risa corta y fría.
—Por favor. Esto es ridículo.
Pero Alejandro no apartó la mirada de Ana.
—¿Qué propones?
Ana bajó la cabeza.
—Podría intentar hacer algo muy sencillo… una receta que mi abuela preparaba. Nada de chefs ni cosas raras.
Isabel resopló.
—Mi nieto no va a comer comida de pueblo.
Pero Alejandro levantó la mano.
—Déjala intentarlo.
Isabel lo miró con incredulidad.
—Alejandro…
—Peor no puede ir.
Ana desapareció rápidamente hacia la cocina.
Treinta minutos después volvió.
No traía bandejas elegantes.
Ni porcelana fina.
Solo un pequeño cuenco de barro.
Dentro había una crema muy simple de arroz, zanahoria y pollo cocido. El olor era suave, cálido… como comida casera.
—Es muy blandito —dijo Ana—. Y calentito.
Alejandro tomó el cuenco.
Entró en la habitación.
Mateo estaba en la cuna, con los ojos rojos de llorar.
Alejandro se sentó junto a él.
Por primera vez en meses, no dejó que nadie más lo alimentara.
Cogió una cucharita.
—Vamos, campeón…
Mateo cerró los labios.
Como siempre.
Alejandro sintió que el corazón se le rompía.
Pero Ana, desde la puerta, dijo suavemente:
—Háblele… como si su mamá estuviera aquí.
Alejandro tragó saliva.
Y lo intentó.
—Mateo… mamá siempre decía que eras muy valiente.
El bebé lo miró.
—Decía que ibas a ser el niño más fuerte del mundo…
Alejandro acercó la cuchara.
El pequeño dudó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces…
Abrió la boca.
Solo un poquito.
La cucharita entró.
Mateo tragó.
En la habitación nadie respiraba.
Mateo miró la cuchara otra vez.
Y abrió la boca de nuevo.
La enfermera Laura se llevó la mano a la boca.
Isabel se quedó completamente inmóvil.
Mateo empezó a comer.
Despacio.
Pero comía.
Cucharada tras cucharada.
Cuando el cuenco quedó vacío, el niño apoyó la cabeza en el pecho de su padre y se quedó dormido.
Alejandro no pudo contener las lágrimas.
Durante meses había comprado lo mejor que el dinero podía pagar.
Pero lo único que su hijo necesitaba…
Era algo que el dinero no podía comprar.
Un poco de hogar.
Y el amor sencillo de una receta hecha con el corazón.