Con solo 19 años fue entregada virgen a un duque solitario a cambio de un caballo…
Durante un largo rato, ninguno de los dos habló.
El sonido de las ruedas sobre el camino de tierra llenaba el silencio.
Isabel mantenía las manos juntas sobre el regazo, intentando controlar el temblor.
El duque la observaba de vez en cuando, con una mirada profunda, casi reflexiva.
Finalmente habló.
—¿Sabes por qué tu padre me debía tanto dinero?
La joven negó con la cabeza.
—No, señor.
Su voz era apenas un susurro.
El duque asintió lentamente.
—Hace años le presté una suma importante para salvar sus tierras.
Isabel cerró los ojos un momento.
Ahora entendía.
Las malas cosechas, las noches en que su padre no dormía, las conversaciones en voz baja.
Todo tenía sentido.
—Pero la deuda creció —continuó el duque—. Los intereses… el tiempo… y los errores.
El carruaje avanzaba entre colinas doradas.
Isabel se armó de valor.
—¿Y ahora… qué pasará conmigo?
El duque tardó unos segundos en responder.
—Ahora vivirás en mi casa.
La joven tragó saliva.
—¿Como… su esposa?
El duque soltó una leve risa seca.
—No.
Aquella respuesta la sorprendió.
—Entonces… ¿qué soy?
El duque miró por la ventana.
—Eso depende de ti.
La frase quedó suspendida en el aire.
Horas más tarde, el carruaje llegó a un enorme palacio de piedra en Castilla.
Las puertas de hierro se abrieron lentamente.
Sirvientes esperaban alineados.
Isabel bajó del carruaje con el corazón acelerado.
El palacio era inmenso.
Pero también silencioso.
Demasiado silencioso.
El duque caminó delante de ella.
—Ven.
La condujo por un largo pasillo hasta una gran sala llena de retratos antiguos.
En el centro había uno que destacaba.
Una mujer joven.
Hermosa.
Con una sonrisa dulce.
Isabel se detuvo.
—¿Quién es?
El duque la miró.
Por primera vez, su expresión cambió.
Había tristeza.
—Mi esposa.
Isabel sintió que algo en el ambiente se volvía pesado.
—Murió hace diez años —dijo él.
Luego añadió en voz baja:
—Y con ella murió también mi hijo.
El silencio volvió a llenar la sala.
Ahora Isabel entendía.
Aquel hombre no era frío.
Era un hombre roto.
El duque caminó hacia la ventana.
—Cuando acepté la deuda de tu padre… no quería dinero.
Isabel lo miró confundida.
—Entonces… ¿por qué?
El duque se volvió hacia ella.
—Porque este palacio lleva diez años vacío.
Sus ojos, duros durante toda la mañana, parecían ahora cansados.
—Y porque necesitaba recordar que la vida todavía existe.
Isabel sintió que algo en su pecho se aflojaba.
—No te traje aquí como castigo —continuó él—. Ni como propiedad.
Se acercó unos pasos.
—Te traje para darte un futuro que tu padre ya no podía ofrecerte.
Isabel no sabía qué decir.
Durante todo el viaje había imaginado una prisión.
Pero ahora…
—Podrás estudiar, vivir aquí, elegir tu camino.
La joven levantó la mirada, sorprendida.
—¿De verdad?
El duque asintió.
—Sí.
Luego añadió con una leve sonrisa triste:
—El caballo era solo para salvar el orgullo de tu padre.
Isabel sintió cómo las lágrimas finalmente caían.
Pero ya no eran de miedo.
Eran de alivio.
Aquel día había dejado su hogar creyendo que perdía su vida.
Pero en realidad…
acababa de empezar una nueva.