Pensaron que yo nunca descubriría que mi hermana había tirado a mi perro en una carretera
Aquella noche volví a casa caminando despacio con las muletas.
Cada paso dolía.
Pero el dolor físico no era nada comparado con lo que sentía por dentro.
Abrí la puerta.
Laura y Sergio seguían en el salón.
Habían pedido comida a domicilio y tenían las cajas de pizza sobre la mesa.
Reían viendo un programa de televisión.
Como si nada hubiera pasado.
Como si mi perro no hubiera existido.
Me miraron cuando entré.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Laura con tono irritado—. Pensábamos salir a cenar.
Respiré hondo.
—He ido a visitar a un amigo.
No dije más.
Esa noche me encerré en mi despacho.
Saqué todos los papeles de la casa.
La escritura.
Los documentos del banco.
El contrato del seguro.
Y también revisé algo que llevaba meses posponiendo.
El registro de la propiedad.
A las dos horas tenía todo claro.
A la mañana siguiente hice varias llamadas.
Una al abogado.
Otra al banco.
Y otra a una empresa de reformas.
Dos días después todo empezó a moverse.
El viernes por la mañana Laura y Sergio estaban desayunando cuando sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Tres personas entraron conmigo.
Un abogado.
Y dos operarios.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué pasa aquí?
El abogado sacó unos papeles.
—Buenos días. Venimos a comunicarles algo oficialmente.
Sergio se levantó del sofá.
—¿Qué tontería es esta?
El abogado continuó:
—Esta vivienda pertenece exclusivamente al señor Antonio Martínez. Ustedes han residido aquí como invitados sin contrato ni derecho legal de permanencia.
Laura cruzó los brazos.
—Claro, somos familia.
El abogado levantó otro documento.
—Desde hoy dejan de serlo en este sentido. El propietario ha solicitado su salida inmediata de la vivienda.
Laura se quedó blanca.
—¿Qué?
Yo hablé por primera vez.
—Tenéis veinticuatro horas para marcharos.
—¡Antonio, estás loco! —gritó ella—. ¿Dónde vamos a ir?
La miré fijamente.
—A la carretera vieja, por ejemplo.
El silencio cayó en la habitación.
Laura abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Entonces saqué mi móvil.
Reproduje el vídeo.
El vídeo de las cámaras.
Hércules llorando mientras lo arrastraban.
Laura empezó a temblar.
—Antonio… yo…
—No digas nada.
Los operarios empezaron a medir el jardín.
Sergio preguntó:
—¿Qué hacen?
Respondí con calma.
—Van a instalar una valla alta y una zona especial para perros.
Miré hacia el jardín.
—Hércules volverá mañana.
Laura estaba roja de rabia.
—¡No puedes echarnos así!
El abogado intervino.
—Sí puede.
Una hora después comenzaron a recoger sus cosas.
Por la tarde se marcharon.
Sin despedirse.
Sin mirar atrás.
Esa noche dormí en paz por primera vez en meses.
Al día siguiente fui al refugio.
Hércules ya caminaba mejor.
Cuando abrí la puerta del coche y vio el jardín…
Empezó a mover la cola como un loco.
Corría torpemente hacia mí.
Me abrazó con su enorme cuerpo.
Y en ese momento supe algo con total claridad.
Las personas pueden fallarte.
La familia incluso puede traicionarte.
Pero un perro que te ama de verdad…
Nunca te abandona.
Jamás.