Historias

AL TENER QUE BAÑARLO, DESCUBRE ALGO QUE LA HACE CAER DE RODILLAS TEMBLANDO…

Paloma bajó la mirada por un instante.

Sabía perfectamente lo que la mujer estaba pensando.

Una mujer con ropa vieja, sin estudios, sin experiencia médica… no parecía la candidata ideal para cuidar a un millonario.

Pero el rostro febril de Bruno apareció en su mente.

La nevera vacía.

Los ojos de Elena cuando preguntaba si había pan.

Paloma levantó la cabeza.

—Aprendo rápido —dijo con firmeza—. Y no tengo miedo de trabajar.

La mujer mayor la observó unos segundos más.

Luego suspiró.

—Está bien. Ven mañana por la mañana. Si el señor Zárate acepta, el trabajo será tuyo.

Paloma apenas pudo dormir esa noche.

Al día siguiente, después de dejar a sus hijos con una vecina, llegó a la enorme casa del señor Zárate.

La mansión era tan grande que parecía un hotel.

Mármol en el suelo.

Escaleras enormes.

Ventanas gigantes por donde entraba la luz de la mañana.

Paloma sintió que estaba entrando en otro mundo.

La mujer mayor la condujo hasta una habitación amplia.

—Aquí está el señor Zárate.

En el centro de la habitación había una cama especial, rodeada de máquinas.

Y sobre ella estaba Alejandro Zárate.

Tenía unos cuarenta años.

Cabello oscuro.

Rostro fuerte.

Pero su cuerpo permanecía completamente inmóvil.

Solo sus ojos se movían.

Fríos.

Cansados.

—Otra cuidadora —dijo con voz seca—. ¿Cuánto durará esta vez?

Paloma tragó saliva.

—Lo que haga falta.

Alejandro soltó una pequeña risa amarga.

—Eso dicen todas.

Los primeros días fueron difíciles.

Alejandro tenía mal carácter.

No hablaba mucho.

A veces se enfadaba por cosas pequeñas.

Pero Paloma tenía paciencia.

Le hablaba con calma.

Le contaba historias de sus hijos.

Le leía el periódico.

Poco a poco, la casa empezó a sentirse menos fría.

Una semana después llegó el momento más complicado.

El baño.

Paloma preparó la bañera especial con agua tibia.

Con cuidado, empezó a quitarle la camisa.

Sus manos temblaban ligeramente.

Era la primera vez que hacía algo así.

Cuando retiró completamente la tela…

Se quedó paralizada.

En el pecho de Alejandro, justo sobre el corazón, había una cicatriz muy conocida.

Una cicatriz en forma de media luna.

Paloma sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Sus manos empezaron a temblar.

Y cayó de rodillas.

—No puede ser… —susurró.

Alejandro la miró confundido.

—¿Qué ocurre?

Paloma no podía apartar la mirada de esa cicatriz.

Esa misma cicatriz.

Esa marca.

Ella la conocía demasiado bien.

Porque diez años atrás…

Había visto esa misma herida abierta.

En una noche de lluvia.

En una carretera oscura.

Una noche que cambió su vida.

Paloma levantó lentamente la mirada hacia el rostro de Alejandro.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Usted… —dijo con voz rota—.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Nos conocemos?

Paloma respiró profundamente.

—Hace diez años… mi marido tuvo un accidente en la carretera de Valencia.

Alejandro se quedó en silencio.

—El coche volcó —continuó Paloma—. Yo estaba con él. Pensé que iba a morir.

Sus manos temblaban.

—Pero un hombre se detuvo en mitad de la tormenta. Rompió la ventana del coche y nos sacó.

Los ojos de Alejandro empezaron a abrirse lentamente.

—Ese hombre tenía una herida en el pecho… exactamente como esa.

El silencio llenó la habitación.

—Nos salvó la vida… y luego desapareció antes de que llegara la ambulancia.

Las lágrimas empezaron a caer por el rostro de Paloma.

—Ese hombre era usted.

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

Durante años había pensado que nadie recordaba aquel accidente.

Aquella noche.

Aquella decisión.

—Después de ese accidente… —murmuró él— fue cuando tuve el mío.

Paloma asintió.

—Mi marido vivió tres años más gracias a usted.

La habitación quedó en silencio.

Paloma se levantó lentamente.

Sus ojos brillaban.

—Así que no voy a abandonarlo.

Alejandro la miró con sorpresa.

—¿Por qué?

Paloma sonrió entre lágrimas.

—Porque hace diez años usted salvó a mi familia.

Se acercó a la bañera.

—Ahora me toca a mí salvar la suya.

Por primera vez en mucho tiempo, algo cambió en el rostro de Alejandro.

No era amargura.

No era dolor.

Era esperanza.

Y en aquella enorme casa donde siempre había reinado el silencio…

Por primera vez comenzó algo nuevo.

Una segunda oportunidad.