El coche no dejó de moverse en ningún momento.
Mía iba sentada entre Elías y la puerta, con el cuerpo rígido y las manos temblando. Sentía la sangre seca en la sien y el latido fuerte en las orejas.
Nadie hablaba.
Solo se oía la lluvia golpeando el blindaje y el murmullo lejano de la radio.
Gabriel iba enfrente, mirando al vacío.
Parecía tranquilo.
Demasiado.
Después de unos minutos, habló sin mirarla.
—¿Desde cuándo sabes reconocer un láser de francotirador?
Mía tragó saliva.
—No lo sé… supongo que… intuición.
Nicolás soltó una risa corta.
—La intuición no calcula ángulos ni reflejos.
—Crecí… en sitios complicados —dijo ella, con la voz más firme de lo que esperaba—. Aprendes a fijarte en todo.
Gabriel giró la cabeza lentamente.
Sus ojos se clavaron en ella.
—Me salvaste la vida.
No fue un agradecimiento.
Fue un hecho.
—No lo hice por usted —respondió ella, casi sin pensar.
Elías la miró de reojo.
—Entonces, ¿por qué?
Mía dudó un segundo.
—Porque… si veía algo y no hacía nada… no iba a poder dormir nunca más.
El silencio volvió.
Pero ya no era igual.
Cuando llegaron, el coche se detuvo frente a una casa enorme, aislada, en las afueras. Nada ostentoso, pero claramente protegido.
La bajaron.
Un médico la atendió sin hacer preguntas. Le limpiaron la herida, le pusieron un vendaje y le dieron agua.
Mía miraba todo como si no fuera real.
—¿Me vais a dejar ir? —preguntó al fin.
Nicolás y Elías intercambiaron una mirada.
Gabriel respondió.
—No todavía.
El corazón de Mía se encogió.
—Yo no he hecho nada.
—Precisamente —dijo él—. Has visto algo que otros no vieron. Eso te convierte en alguien valioso… y en alguien en peligro.
—No quiero estar aquí.
Gabriel se acercó un paso.
No invadía.
Pero imponía.
—Tienes dos opciones —dijo con calma—. Te vas ahora… sin protección… y quien disparó volverá a intentarlo. Esta vez, puede que contigo.
Mía sintió frío.
—¿Y la otra?
—Te quedas unos días. Hasta que resolvamos esto.
—¿Y luego?
—Luego eres libre.
Mía pensó en su madre.
En las facturas.
En su vida.
Y por primera vez, esa vida le pareció… frágil.
—Vale —dijo al fin—. Me quedo.
Los días siguientes cambiaron todo.
Mía empezó a ver cosas.
Cómo funcionaban las decisiones. El control. El miedo. El respeto.
Pero también vio otra cosa.
Gabriel no era lo que esperaba.
No gritaba.
No presumía.
No disfrutaba del poder.
Lo cargaba.
Como un peso.
Una noche, lo encontró solo, en el jardín.
—¿Nunca se cansa? —preguntó ella.
—Todo el tiempo.
—Entonces, ¿por qué sigue?
Gabriel tardó en responder.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Mía lo miró.
Y por primera vez, no vio al hombre más temido de Madrid.
Vio a alguien… solo.
Tres días después, encontraron al tirador.
Un ajuste interno.
Una traición.
Se resolvió rápido.
Como todo en ese mundo.
Esa misma tarde, Gabriel mandó preparar un coche.
—Te llevamos a casa.
Mía se quedó quieta.
—¿Ya está?
—Ya está.
Cuando el coche arrancó, Mía sintió algo extraño.
No alivio.
Vacío.
Al llegar a su barrio, todo parecía más pequeño.
Más lento.
Más gris.
Antes de bajar, Gabriel le dio un sobre.
—Para tu madre.
Mía lo abrió.
Había dinero.
Mucho.
—No puedo aceptar esto.
—No es un pago —dijo él—. Es una oportunidad.
Ella lo miró.
—¿Para qué?
Gabriel hizo una pausa.
—Para que no vuelvas a sobrevivir… sino a vivir.
Mía bajó del coche.
Y esta vez, cuando entró en su casa…
No se sintió atrapada.
Se sintió libre.
Porque por primera vez en años…
Sabía que podía elegir.