La mujer dudó unos segundos más.
Miró hacia el pasillo, como si temiera que alguien pudiera escucharnos.
Y entonces susurró:
—Para “purificarte”.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Purificarme de qué? —pregunté, casi sin voz.
Bajó la mirada.
—De tu vida anterior… de tu familia… de todo lo que eras antes de entrar aquí.
Me quedé inmóvil.
—Dicen que así te haces digna… que así demuestras que puedes soportarlo todo… que no traes “impurezas” a la familia.
Noté cómo el corazón me latía con fuerza.
—¿Y mi marido… lo sabe?
La mujer levantó los ojos, con una mezcla de pena y miedo.
—Aquí… todos lo saben.
No recuerdo cómo volví a mi habitación.
Solo sé que esa noche no dormí.
Me quedé sentada en la cama, mirando a ese hombre que decía quererme… y que respiraba tranquilo mientras yo me rompía por dentro.
A la mañana siguiente, él se despertó como siempre.
—Buenos días, cariño —me dijo, sonriendo.
Lo miré en silencio.
—¿Lo sabías?
Frunció el ceño.
—¿El qué?
—Lo de las noches. El baño. Tu madre.
Su expresión cambió.
No sorprendido.
No confundido.
Incómodo.
Y eso fue suficiente.
—Es… tradición —dijo finalmente—. Todas pasan por eso.
Sentí algo dentro de mí apagarse.
—¿Todas?
—Es solo un tiempo —añadió rápido—. Luego se acaba.
Lo miré fijamente.
—¿Y te parece normal?
Suspiró, molesto.
—No empieces, por favor. Es nuestra forma de hacer las cosas.
Nuestra.
Esa palabra me atravesó.
Porque yo nunca había sido parte de ese “nosotros”.
Me levanté.
Fui al armario.
Saqué una maleta pequeña.
—¿Qué haces? —preguntó, ya nervioso.
No respondí.
Empecé a guardar lo básico.
Ropa. Documentos. Lo necesario.
—Estás exagerando —dijo—. Es solo una costumbre.
Me giré.
—No. Es maltrato.
Silencio.
—Y tú lo has permitido.
No supo qué decir.
Por primera vez… no tenía palabras.
Bajé las escaleras con la maleta.
Su madre estaba en el salón.
Me miró.
Serena.
Fría.
—¿A dónde vas?
La miré sin miedo.
—A casa.
Frunció ligeramente los labios.
—Si sales por esa puerta, no vuelves.
Asentí.
—Exacto.
Abrí la puerta.
El aire de la mañana me golpeó la cara.
Era fresco.
Libre.
Di un paso.
Luego otro.
Y no miré atrás.
Cuando llegué a la carretera, llamé a mis padres.
Mi voz temblaba.
Pero no de miedo.
De alivio.
—Mamá… voy a casa.
Y por primera vez en semanas—
dejé de sentir dolor.