Historias

Mi marido tenía la cena de Navidad de la empresa, así que, medio en broma

“…TRANQUILA, QUE SOLO LO DEVOLVEMOS ENTERO.”

Me quedé paralizada unos segundos.

No supe si reírme o enfadarme.

Le miré la cara. Dormía profundamente, con esa sonrisa tonta de cuando ha bebido de más. Parecía un crío. Pero aquella frase… aquella maldita frase… me empezó a dar vueltas en la cabeza.

Me senté en el borde de la cama.

—¿“Lo devolvemos”? —murmuré.

La casa estaba en silencio. Solo se oía su respiración pesada. Fui al baño, me lavé la cara y me miré al espejo. Tenía ojeras, el pelo hecho un desastre… y una sensación rara en el pecho.

No era exactamente celos.

Era algo más incómodo.

Volví a la habitación y le tapé con la manta. Podía haberle despertado. Podía haber montado un drama. Pero no lo hice.

Me fui al salón.

Encendí la luz tenue y me preparé un café, aunque eran casi las siete de la mañana. Me senté en el sofá, con la taza caliente entre las manos, y empecé a pensar.

Recordé cuando nos conocimos.

En una verbena de barrio, con música mala y cerveza barata. Él me hizo reír desde el primer momento. No tenía dinero, no tenía coche… pero tenía algo que me hacía sentir tranquila.

Y ahora estábamos aquí.

Hipoteca, facturas, prisas… y bromas escritas en rotulador que ya no sabían tan graciosas.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya era mediodía.

Salió de la habitación despeinado, con la camiseta al revés.

—¿Hay café? —preguntó, como si nada.

Le miré sin decir nada y señalé la cocina.

Se sirvió una taza y dio un sorbo. Luego me miró.

—¿Qué pasa?

Me levanté despacio.

—Date la vuelta.

—¿Eh?

—Que te des la vuelta.

Se giró, confuso. Cogí el espejo del recibidor y se lo puse detrás.

Leyó.

Y en ese momento, la expresión le cambió por completo.

—Ah… —dijo.

Silencio.

—¿Quieres explicarme eso? —pregunté, tranquila, pero firme.

Se pasó la mano por la nuca.

—Fue una broma… de la gente de la oficina…

—¿De “la gente”? —insistí—. ¿O de alguien en concreto?

Suspiró.

—Marta… —admitió.

Ese nombre me sonaba. Demasiado.

—La del departamento de contabilidad —añadió rápido—. Pero no es lo que piensas.

No respondí.

Se acercó un poco.

—Estábamos todos riendo, alguien vio lo que llevabas en el pecho y empezaron con tonterías… ella cogió el rotulador y escribió eso. Nada más.

—¿Nada más? —repetí.

—Nada más —dijo mirándome a los ojos—. Me fui a casa después.

Le observé.

No parecía mentir.

Y, sin embargo, algo dentro de mí seguía removiéndose.

—¿Sabes qué pasa? —dije finalmente—. Que ya no estamos para estas tonterías.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

—No me molesta el rotulador —continué—. Me molesta que alguien sienta la confianza suficiente para escribirte eso en la espalda.

Se hizo un silencio largo.

—Tienes razón —dijo al fin.

Se sentó frente a mí.

—A veces se me olvida todo lo que tenemos… y me dejo llevar por el ambiente, las risas… pero no quiero perder esto.

Sus palabras no eran espectaculares. No eran de película.

Pero eran reales.

Y eso pesaba más.

Me senté a su lado.

—Ni yo —respondí.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

Luego, sin dramatismos, sin lágrimas exageradas, apoyé la cabeza en su hombro.

—La próxima vez —le dije—, escribe tú primero en la espalda de los demás.

Se rió.

—Trato hecho.

Y en ese momento, entendí algo importante.

Las relaciones no se rompen por una frase escrita con rotulador.

Se rompen cuando dejas de hablar.

Nosotros, por suerte, todavía sabíamos cómo hacerlo.

Y eso valía más que cualquier fiesta, cualquier broma… y cualquier Marta.