Llamé a la policía cuando oí a alguien trasteando en mi ventana a las 3 de la madrugada
“Señor, no cuelgue… salga de la casa ahora mismo.”
Sentí cómo se me helaba la sangre.
Durante unos segundos no fui capaz ni de respirar. Miré alrededor del salón, como si las paredes pudieran darme una respuesta. Todo estaba en silencio, pero ese silencio ya no era normal. Era pesado, incómodo… como si algo no encajara.
“¿Qué pasa?”, pregunté en voz baja, casi susurrando.
El operador dudó un instante.
“Tenemos un registro de una llamada desde su número hace unos minutos… pero la voz no era la suya.”
Se me cayó el móvil al suelo.
No podía ser. Vivía solo. Siempre había vivido solo desde que me mudé a aquel piso en Alcalá de Henares, un lugar tranquilo, de vecinos de toda la vida. Gente mayor, familias, nada raro.
Lo recogí con manos temblorosas.
“Eso es imposible… aquí no hay nadie más.”
“Señor, por favor, escúcheme. Salga de la vivienda sin hacer ruido. La patrulla está a menos de cinco minutos.”
Cinco minutos.
Parecían una eternidad.
Me acerqué despacio hacia la puerta de entrada. Cada paso crujía más de lo normal, como si el suelo quisiera delatarme. Notaba el corazón golpeándome en el pecho.
Entonces lo escuché.
Un leve golpe.
Desde el pasillo.
Me quedé paralizado.
No era el viento. No era un vecino. Era un sonido dentro de mi casa.
“¿Sigue ahí?”, preguntó el operador.
“Sí… hay alguien… lo he oído.”
El silencio al otro lado del teléfono fue peor que cualquier respuesta.
Decidí avanzar. Tenía que salir de allí.
Di dos pasos más.
Y entonces la puerta del pasillo se abrió lentamente.
Un chirrido suave, casi imperceptible.
Sentí cómo el cuerpo se me bloqueaba por completo.
“No mire atrás”, dijo el operador de repente, como si supiera exactamente lo que estaba pasando. “Siga hacia la salida.”
Pero ya era tarde.
Miré.
Una figura estaba de pie en la penumbra.
No se movía.
No decía nada.
Solo estaba ahí.
Mi mente intentaba entender, pero no podía. No reconocía a esa persona. No era nadie del edificio.
“¿Quién eres?”, pregunté, con la voz rota.
La figura dio un paso hacia adelante.
Y entonces habló.
“Ya llamé antes… pero no me hicieron caso.”
Sentí un escalofrío que me recorrió entero.
No pensé más. Corrí hacia la puerta, la abrí de golpe y salí al rellano. Cerré con llave y me apoyé contra la pared, respirando como si hubiera corrido una maratón.
A los pocos segundos, escuché sirenas.
Nunca me habían sonado tan bien.
Dos policías subieron corriendo por las escaleras.
“¿Está usted bien?”, me preguntaron.
Asentí, incapaz de hablar.
Entraron en el piso con rapidez.
Yo me quedé fuera, temblando, intentando procesarlo todo.
Pasaron unos minutos.
Luego salieron.
“Había un hombre dentro”, dijo uno de ellos. “Está detenido.”
No supe qué decir.
“¿Quién era?”, logré preguntar.
El policía me miró con seriedad.
“Un antiguo inquilino. Según parece, perdió el piso por deudas. Llevaba días entrando por la ventana. Decía que esa casa seguía siendo suya.”
Tragué saliva.
“¿Y la llamada…?”
El agente asintió.
“Llamó antes desde dentro. Usó su teléfono fijo. Pero colgó antes de decir nada claro.”
Me senté en las escaleras, completamente abatido.
Esa noche no dormí.
Ni la siguiente.
Cambié las cerraduras, reforcé las ventanas, incluso puse una alarma que me costó más de 300 euros, pero me daba igual.
Lo importante era sentirme seguro otra vez.
Con el tiempo, todo volvió a la normalidad.
O casi.
Porque desde entonces, cada vez que suena el teléfono de madrugada…
Nunca contesto sin mirar dos veces.