Historias

UNA VIUDA ACEPTÓ UNA CASA SUBTERRÁNEA COMO PAGO

Dentro no había oscuridad.

Al contrario.

Una luz cálida iluminaba la estancia, como si alguien hubiera estado viviendo allí hasta hacía muy poco. Carmen parpadeó varias veces, intentando entender lo que tenía delante.

La habitación era pequeña, pero acogedora. Había una cama bien hecha, una mesa con una taza aún manchada de café seco y una vela consumida a medias.

Pero lo que le heló la sangre no fue eso.

Fue el espejo.

Estaba colocado justo enfrente de la puerta. Antiguo, con el marco de madera oscura, gastado por el tiempo. Y en él… no se reflejaba la habitación.

Se reflejaba otra cosa.

Carmen dio un paso atrás, con el corazón latiendo fuerte.

En el espejo veía la misma habitación… pero limpia, viva, con flores frescas en un jarrón y la vela encendida.

Y alguien estaba allí.

Una mujer.

De espaldas.

Con un vestido sencillo, como los que se llevaban en el pueblo hacía años.

Carmen tragó saliva.

—¿Hola…? —susurró.

La mujer del espejo se quedó quieta.

Lentamente, empezó a girarse.

Carmen sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

Cuando por fin la vio de frente, el aire pareció desaparecer.

Era ella.

Más joven.

Con los ojos llenos de vida.

Como antes de que Antonio muriera.

Carmen retrocedió bruscamente y chocó contra la pared.

—Esto no puede ser… —murmuró.

Volvió a mirar.

La figura del espejo la observaba fijamente.

Y entonces sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era una sonrisa triste. Profunda.

Como si supiera algo que ella aún no entendía.

Carmen sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Qué es esto…?

La versión joven de sí misma levantó lentamente la mano… y señaló hacia la mesa.

Carmen dudó unos segundos.

Pero algo dentro de ella le dijo que tenía que hacerlo.

Se acercó despacio.

Sobre la mesa había un cuaderno.

Antiguo. Desgastado.

Lo abrió.

La letra le resultó inmediatamente familiar.

Era suya.

Las primeras páginas hablaban de Antonio. De los días felices, de las risas, de los planes que nunca llegaron a cumplirse.

Luego cambiaba.

Se volvía más oscura.

Más pesada.

Hablaba del dolor. De la soledad. De las noches sin dormir.

Y en la última página, había una frase escrita con más fuerza que las demás:

„No puedes seguir viviendo como si ya estuvieras muerta.”

Carmen se quedó quieta.

Sintiendo cada palabra como un golpe en el pecho.

Volvió a mirar al espejo.

La versión joven seguía allí.

Pero ahora ya no sonreía.

Solo la miraba… esperando.

Carmen cerró los ojos.

Respiró hondo.

Y por primera vez en años, sintió algo diferente al vacío.

Determinación.

—Tienes razón… —susurró.

Cuando abrió los ojos, el espejo estaba normal.

La habitación, vacía.

Silenciosa.

Como si nada hubiera pasado.

Carmen salió lentamente de la estancia y volvió a la sala principal.

Se sentó en la cama.

Pensó en todo.

En lo que había perdido… pero también en lo que aún tenía.

Al día siguiente, regresó al pueblo.

Vendió algunas cosas, compró herramientas y volvió a la casa subterránea.

La limpió.

La arregló.

La hizo suya.

Meses después, la gente empezó a oír hablar de un pequeño refugio en el bosque.

Un lugar donde podías quedarte unos días, desconectar, pensar.

Carmen cobraba poco. Lo justo.

A veces, ni eso.

Pero no le importaba.

Porque por primera vez en mucho tiempo… sentía que su vida tenía sentido.

Y cada noche, antes de dormir, pasaba por aquella habitación.

Miraba el espejo.

Y sonreía.

Ya no con tristeza.

Sino con paz.