Historias

El grito del amante todavía resonaba cuando un sonido seco cortó el aire.

Un golpe.

Luego otro.

No venía del fondo del barranco.

Advertisements

Venía… del lateral.

Ambos se giraron a la vez.

Y se quedaron helados.

A unos metros, justo por debajo del borde, había una pequeña plataforma de roca. Invisible desde arriba, oculta por la niebla y la vegetación.

Y allí… estaba él.

Agarrado con una mano a una cuerda gruesa anclada a la roca.

La silla de ruedas había desaparecido, pero él no.

Estaba colgado, respirando con dificultad… pero vivo.

La mujer dio un paso atrás, pálida.

—Eso… eso no puede ser…

El amante no dijo nada. Solo miraba, sin entender.

Entonces el hombre levantó la cabeza.

Y sonrió.

No era una sonrisa alegre.

Era tranquila. Segura.

—Os dije que sabía lo que ibais a hacer —dijo con voz firme, muy distinta a la de antes.

El amante reaccionó primero.

—¡Se ha vuelto loco! ¡Hay que ayudarle!

Pero no se movió.

Porque en ese momento aparecieron dos figuras más desde el sendero.

Dos hombres con uniforme de la Guardia Civil.

Todo se quedó en silencio.

—Ya está bien —dijo uno de ellos con calma—. Nadie se mueva.

La mujer empezó a temblar.

—¿Qué… qué es esto?

El hombre colgado soltó una mano, se aseguró mejor a la cuerda y añadió:

—Esto… es el final de vuestra historia.

Minutos después, con ayuda de un arnés, lo subieron de nuevo.

Y entonces ocurrió lo que terminó de romperlo todo.

Se puso de pie.

Despacio.

Con esfuerzo.

Pero sin ayuda.

La mujer se llevó la mano a la boca.

—Tú… tú no…

—No estoy inválido —dijo él, mirándola directamente—. Nunca lo estuve del todo.

El silencio fue absoluto.

—El accidente fue real —continuó—. Pero me recuperé. Más de lo que creíais. Solo que… necesitaba saber hasta dónde llegaríais.

El amante dio un paso atrás.

—Esto es una trampa…

—No —respondió uno de los guardias—. Esto es un intento de homicidio.

La mujer rompió a llorar.

Pero ya era tarde.

Todo había sido preparado.

La cuerda. La plataforma. Los agentes.

Incluso el viaje.

Durante semanas, él había sospechado. Miradas, conversaciones cortadas, gestos que no encajaban.

Y decidió no enfrentarse.

Decidió dejar que se delataran.

Y lo hicieron.

Allí mismo, con el sonido de la cascada de fondo, les pusieron las esposas.

La mujer no dejaba de repetir que había sido un error.

El amante no levantaba la mirada.

Y él… solo observaba.

No había rabia.

Solo una calma profunda.

Cuando se los llevaron, el viento volvió a soplar fuerte.

El mismo lugar.

El mismo precipicio.

Pero todo había cambiado.

Porque esta vez, quien había estado al borde… no cayó.

Y quienes creyeron haber ganado… lo perdieron todo.