En plena noche todos dormían. Escuché un crujido y encendí la linterna:
El salón olía a perfume dulce, alcohol y comida recalentada.
Cristina seguía dormida.
Del borde de la almohada asomaba el sobre blanco.
Pero también había otra cosa.
La pantalla de su móvil brillaba tenuemente.
Galina entrecerró los ojos.
Había llegado un mensaje.
Y se podía leer sin desbloquear el teléfono.
Agarró a Valerio del brazo antes de que hablara y señaló la pantalla.
El mensaje era de un contacto guardado como “Conejito”.
“Mimada, ¿los viejos soltaron la pasta? En cuanto tengas el dinero sal de ahí. Los billetes para Tailandia ya están comprados para el día cinco. A Pablo dile que te vas con tu madre enferma. Te beso entera.”
Hora de recepción: hacía un minuto.
Algo se rompió dentro de Galina.
No tristeza.
No rabia.
Paciencia.
Valerio empezó a ponerse rojo de furia, preparado para montar un escándalo.
Pero Galina le clavó el codo en las costillas.
—Ni se te ocurra hablar.
Él soltó un gemido ahogado y obedeció.
Galina sacó despacio el sobre y lo guardó en el bolsillo de la bata.
Pero eso solo era el principio.
Cogió el móvil de Cristina, abrió el mensaje y escribió una respuesta rápida:
“Los viejos no tienen dinero. Pablo ya ha visto tus mensajes y sabe todo. Le he pasado tu número. Huye mientras puedas.”
Envió el mensaje.
Borró la conversación.
Dejó el móvil exactamente donde estaba.
Y luego caminó hacia la cocina con una calma que daba miedo.
Valerio ya estaba sirviéndose vodka con manos temblorosas.
—Maldita cría… —murmuró.
Galina se quedó mirando por la ventana.
Y entonces tomó una decisión.
A las siete de la mañana ya no quedaba rastro de fiesta en el piso.
Los platos sucios seguían apilados en la cocina, el árbol de Navidad parpadeaba cansado en una esquina y Valerio llevaba casi dos horas caminando de un lado a otro como un hombre esperando sentencia.
Galina, en cambio, estaba demasiado tranquila.
Y eso lo ponía aún más nervioso.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó él por quinta vez.
Ella removió el café sin mirarlo.
—Esperar.
—¿Esperar qué?
—A que la mentira se ahogue sola.
A las nueve apareció Pablo despeinado y medio dormido.
—¿Mamá, has visto a Cristina?
Galina levantó la vista despacio.
—¿No estaba contigo?
—No. Su lado del sofá está vacío.
Valerio carraspeó y apartó la mirada para no reventar antes de tiempo.
Pablo cogió el móvil y empezó a llamar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
Después leyó algo en la pantalla y se quedó quieto.
—¿Qué pasa? —preguntó Galina.
Pablo tragó saliva.
—Me ha bloqueado.
El silencio cayó sobre la cocina.
Valerio soltó una risa seca.
—Pues vaya matrimonio moderno os habéis montado.
—Papá, no empieces.
Pablo parecía más confundido que destrozado. Y eso le dolió a Galina más de lo que esperaba.
Porque entendió algo horrible:
su hijo llevaba demasiado tiempo acostumbrado a que lo trataran mal.
A las diez sonó el timbre.
Era un repartidor.
Traía una maleta rosa grande y varias bolsas.
—La señorita Cristina pidió un taxi al aeropuerto hace una hora —explicó el hombre—. Pero dejó esto olvidado abajo y me pidió que lo subiera si seguían aquí.
Pablo abrió la maleta delante de todos.
Dentro no había ropa doblada ni regalos de Navidad.
Había sobres vacíos.
Recibos.
Y varias cajas de zapatos de marca.
Valerio empezó a ponerse rojo otra vez.
Pero Galina levantó una mano.
—Calla.
Pablo seguía rebuscando como si todavía esperara encontrar una explicación razonable.
Entonces apareció una carpeta.
Dentro había impresiones de conversaciones.
Capturas de pantalla.
Fotos.
Y una lista escrita a mano con cantidades de dinero.
Galina sintió un frío extraño en el estómago.
Cristina no solo pensaba marcharse.
Llevaba meses preparando todo.
En varias conversaciones hablaba de Pablo como “el tonto útil”.
En otra, se burlaba de la casa.
Y en una más reciente, escrita la noche anterior, aparecía una frase que terminó de destruir algo dentro de la cocina.
“En cuanto el padre afloje la pasta del regalo, desaparezco. Total, el niño ni se entera de nada.”
El niño.
Su hijo.
Pablo dejó caer los papeles sobre la mesa.
Y por primera vez desde que entró en la cocina, pareció despertarse de verdad.
—¿Todo esto era mentira?
Nadie respondió.
Porque no hacía falta.
Valerio se levantó de golpe.
—¡Voy al aeropuerto y la traigo de los pelos!
—Siéntate —ordenó Galina.
Él la miró sorprendido.
Hacía años que no usaba ese tono.
—¿Y la vamos a dejar escapar así?
Galina respiró hondo.
—¿Y para qué quieres traerla? ¿Para que siga vaciándole la vida a nuestro hijo?
Pablo se sentó lentamente.
Tenía la cara blanca.
Galina se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro.
—Escúchame bien. Que alguien te engañe no te convierte en idiota. Solo significa que amabas más de lo que ella era capaz de entender.
Pablo bajó la cabeza.
Y entonces empezó a llorar.
No fuerte.
No dramáticamente.
Solo ese llanto silencioso de los adultos cuando por fin aceptan algo que llevaban tiempo negándose a ver.
Valerio miró a su hijo y se desinfló de golpe.
Toda la rabia se convirtió en cansancio.
Se sentó despacio frente a la mesa y murmuró:
—Menudo comienzo de año…
Galina casi sonrió.
Porque, de alguna forma extraña, aquello también era verdad.
Horas después, mientras Pablo dormía agotado en su habitación, Galina y Valerio recogían el salón.
Él llevaba una bolsa de basura en una mano y el famoso sobre recuperado en la otra.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo él.
—¿Qué?
—Que yo estaba más preocupado por el dinero que por el hecho de que nuestro hijo se casó con una estafadora.
Galina dejó unos platos en el fregadero.
—No. Lo peor es que él estaba tan necesitado de cariño que no vio nada.
Valerio guardó silencio.
Luego se acercó despacio.
—Oye… lo de esta madrugada…
Galina lo miró de reojo.
—¿Lo de ir en calzoncillos a robar debajo de la almohada de tu nuera?
Él suspiró.
—Visto así, suena feísimo.
Ella soltó una risa corta por primera vez en toda la noche.
Y él también.
Porque a veces los matrimonios largos sobreviven precisamente por eso:
porque incluso después de la vergüenza, el miedo y las estupideces, todavía queda alguien al otro lado dispuesto a quedarse.