Historias

Con solo 7 años, armé un escándalo en medio del vecindario porque quería casarme con mi vecino

Nadie en aquella sala entendió por qué me quedé completamente inmóvil.

Ni por qué el director general me miraba como si me conociera desde toda la vida.

Los demás entrevistadores intercambiaron miradas incómodas.

Yo apenas podía respirar.

Adrián fue el primero en romper el silencio.

—La entrevista ha terminado —dijo con calma—. Gracias a todos.

Los miembros del comité comenzaron a recoger sus cosas rápidamente. Algunos me miraban con curiosidad mientras abandonaban la sala.

En menos de un minuto, nos quedamos solos.

Completamente solos.

Yo seguía sentada, agarrando mi carpeta con tanta fuerza que me dolían las manos.

Adrián sonrió un poco.

—Has crecido muchísimo, Lucía.

Escuchar mi nombre en su voz hizo que todos aquellos recuerdos regresaran de golpe.

La plaza del barrio.

Las tardes en bicicleta.

Los helados.

Los libros.

Y aquella promesa absurda de una niña de siete años.

Bajé la mirada, nerviosa.

—Tú también has cambiado mucho.

Él soltó una pequeña risa.

—Espero que para mejor.

Por primera vez me atreví a mirarlo bien.

Ya no era aquel universitario tranquilo del barrio.

Ahora irradiaba seguridad. Elegancia. Poder.

Pero había algo que seguía exactamente igual.

La manera en que me miraba.

Como si realmente le importara.

Adrián se apoyó contra la mesa.

—Cuando vi tu nombre en la lista de candidatos pensé que debía ser casualidad.

Mi corazón dio un salto.

—¿Viste mi nombre antes de la entrevista?

—Claro.

—¿Y aun así bajaste?

—Tenía que comprobar si eras tú.

Noté cómo se me calentaban las mejillas.

Él sonrió otra vez.

—Aunque, sinceramente, te reconocí en cuanto entraste por la puerta.

El silencio entre nosotros ya no era incómodo.

Era extraño.

Cercano.

Como si aquellos quince años no hubieran existido.

—¿Por qué te fuiste? —pregunté finalmente.

La sonrisa de Adrián desapareció un poco.

Miró hacia la ventana antes de responder.

—Cuando murió mi abuelo, me ofrecieron una oportunidad de trabajo en Barcelona. No tenía nada que me retuviera en el barrio… y necesitaba empezar de cero.

Tragó saliva lentamente.

—Quise despedirme de ti.

Lo miré sorprendida.

—¿Entonces por qué no lo hiciste?

Soltó una risa suave.

—Porque tenías doce años y llorabas cada vez que me iba dos días de viaje. Pensé que sería peor.

No pude evitar reírme también.

Y era verdad.

Adrián me observó unos segundos más antes de hablar de nuevo.

—Pero nunca imaginé que realmente cumplirías tu promesa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué promesa?

Él levantó una ceja.

—La de estudiar mucho.

Sentí un nudo en la garganta.

Porque durante años había pensado que solo yo recordaba aquello.

Pero él también lo había guardado en su memoria.

Adrián caminó despacio hasta su escritorio y tomó una carpeta.

Luego volvió hacia mí.

—Tu expediente es impresionante, Lucía. Las notas, las prácticas, las recomendaciones…

Me entregó la carpeta directamente.

—El puesto es tuyo si lo quieres.

Abrí los ojos sorprendida.

—¿Así de fácil?

Él negó con la cabeza.

—No es fácil. Te lo has ganado tú sola.

Aquellas palabras me emocionaron más de lo que esperaba.

Durante años me había esforzado sin descanso. Había trabajado mientras estudiaba. Había dormido poco. Había dudado de mí mil veces.

Y ahora él estaba ahí, mirándome con orgullo.

Como nadie lo había hecho antes.

—Gracias —susurré.

Adrián se quedó callado unos segundos.

Después habló con voz más suave.

—Aunque si soy sincero… me alegro muchísimo más de haberte encontrado que de contratarte.

El corazón casi se me salió del pecho.

Intenté responder algo, pero no pude.

Él sonrió divertido al verme tan nerviosa.

—Veo que ya no eres tan valiente como a los siete años.

Solté una carcajada.

—A los siete años estaba completamente loca.

—No. —Negó lentamente—. Solo eras muy sincera.

Aquella frase me desarmó por completo.

Las semanas siguientes empezaron a pasar rápido.

Entré a trabajar en la empresa y, aunque Adrián seguía siendo profesional delante de todos, poco a poco comenzamos a acercarnos otra vez.

Desayunos antes de entrar.

Conversaciones largas después del trabajo.

Recuerdos del barrio.

Risas.

Era extraño lo fácil que resultaba hablar con él.

Como si mi corazón hubiera estado esperándolo todos esos años sin darse cuenta.

Una noche, después de salir de la oficina, caminamos juntos por el centro de Madrid iluminado.

Hacía frío.

Yo llevaba las manos escondidas en los bolsillos del abrigo.

Entonces Adrián se detuvo frente a mí.

—Lucía.

Su voz sonó distinta.

Más seria.

Levanté la mirada.

Y él sonrió de esa manera tranquila que siempre conseguía desordenarme el corazón.

—Creo que ya has estudiado suficiente.

Parpadeé confundida.

Entonces sacó una pequeña caja del bolsillo.

Y mi mundo entero dejó de moverse.

—Así que… ¿qué te parece si por fin hablamos de aquella propuesta pendiente desde hace quince años?

Las lágrimas me llenaron los ojos antes incluso de poder responder.

Y por primera vez desde que era una niña… entendí que algunas promesas sí están destinadas a cumplirse.