MI COMPAÑERA DE TRABAJO ME TRAÍA EMPANADAS CASERAS TODOS LOS DÍAS
Apenas recuerdo cómo salí de aquella sala.
Carne.
Queso.
Verduras.
¿Y si no era solo eso?
Laura seguía sentada en su escritorio, exactamente igual que siempre.
Callada.
Seria.
Pero por primera vez… me dio miedo.
Aquella noche le conté todo a mi marido, Sergio.
Esperaba preocupación.
Alguna reacción.
Lo que fuera.
Pero apenas apartó la vista de la televisión.
—Seguro que no es nada —dijo encogiéndose de hombros—. La policía exagera por cualquier cosa.
—Pero hablan de químicos tóxicos… ¡y el gato ha desaparecido!
—Te estás montando películas.
Su tono fue demasiado frío.
Demasiado rápido.
No pude dormir en toda la noche.
Empecé a revisar los mensajes antiguos de Laura.
Todos parecían escritos por una máquina.
—Te he dejado el desayuno 🙂
Cada día.
Exactamente igual.
Entonces recordé algo.
Corrí a la cocina.
Días antes había olvidado una empanada congelada en el fondo de una bolsa del supermercado.
La saqué rápidamente y la escondí debajo de unas hamburguesas congeladas.
Si aquellas empanadas tenían algo raro…
Eso sería la prueba.
Volví hacia la habitación.
Y justo cuando me senté en la cama…
El móvil vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo había una frase:
—¿Le gustó al gatito la empanada de hoy?
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.
Miré inmediatamente hacia Sergio.
Dormía de espaldas.
O fingía dormir.
Me levanté despacio y fui al baño para responder.
—¿Quién eres?
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Después otro mensaje:
—Deberías dejar de dar comida ajena a los animales.
Se me heló la sangre.
Bloqueé el número inmediatamente.
Pero dos segundos después llegó otro mensaje desde otro número distinto.
—La policía todavía no ha encontrado todo.
No dormí nada.
A la mañana siguiente llegué a la oficina antes que nadie.
Excepto Laura.
Ya estaba allí.
Sentada.
Mirándome.
Y por primera vez desde que la conocía… sonreía.
—¿No tienes hambre hoy? —preguntó suavemente.
No respondí.
Ella abrió lentamente el cajón de su escritorio.
Y sacó otra empanada envuelta en papel de aluminio.
—Mi madre se levantó temprano para prepararla.
Sentí náuseas.
En ese momento entraron dos policías en la oficina.
Directos hacia nosotros.
Toda la oficina quedó en silencio.
Uno de los agentes miró a Laura.
—Necesitamos que venga con nosotros.
Ella no se movió.
Ni siquiera pareció sorprendida.
Solo me miró fijamente.
—Nunca pensé que se los darías al gato —susurró.
La policía la esposó delante de todos.
Entonces descubrimos la verdad.
Durante meses, Laura había estado robando sustancias químicas de un laboratorio donde trabajaba su hermano.
Las mezclaba en pequeñas cantidades dentro de la comida.
Al principio pensaban que quería envenenarme.
Pero el motivo era mucho peor.
Debajo del jardín encontraron varios animales enterrados.
Perros.
Gatos.
Palomas.
Todos habían muerto intoxicados.
Laura llevaba años alimentando animales callejeros con comida contaminada.
Y el gato naranja había sido el último.
La policía descubrió además que había grabado todo en vídeos guardados en su portátil.
Nunca olvidaré la sensación que tuve al escuchar aquello.
Asco.
Miedo.
Culpa.
Porque durante un mes entero yo misma había llevado aquella comida al pobre gato.
Días después encontraron al animal escondido detrás de unos contenedores cercanos.
Estaba muy débil.
Pero seguía vivo.
El veterinario dijo que había sobrevivido por pura suerte.
Hoy vive conmigo.
Sergio y yo nos separamos poco después. Nunca logré olvidar lo extraño que actuó durante todo aquello.
Y todavía, algunas noches, me despierto pensando en esa cadena absurda que parecía tan inocente:
Laura me daba comida.
Yo alimentaba al gato.
Y sin saberlo… estuve dejando la muerte en el mismo lugar cada mañana.