MI COMPAÑERA DE OFICINA ME TRAÍA EMPANADAS TODOS LOS DÍAS
Sentí cómo se me aflojaban las piernas.
Leí el mensaje tres veces.
Después miré hacia el pasillo oscuro de casa, como si alguien pudiera estar observándome desde allí.
Sergio seguía en el salón viendo la televisión.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Guardé el móvil rápidamente.
—¿Quién era? —preguntó sin mirarme.
—Publicidad.
Mentí tan rápido que hasta yo misma me sorprendí.
Esa noche casi no dormí.
Cada pequeño ruido del edificio me hacía abrir los ojos.
A las seis de la mañana ya estaba despierta, sentada en la cocina con la empanada congelada delante de mí.
No sabía qué hacer.
Pero tenía claro algo.
No iba a comerla.
Ni tampoco dársela al gato.
Cuando llegué a la oficina, Marta ya estaba allí.
Sonrió como siempre.
—Te he dejado el desayuno.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
Miré la bolsa sobre mi mesa y sentí un escalofrío.
—Gracias —murmuré.
Ella inclinó un poco la cabeza.
—¿Y el gatito? ¿Sigue viniendo?
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
Nunca le había hablado del gato.
Jamás.
Intenté sonreír.
—Sí… supongo.
Marta siguió trabajando como si nada.
Pero ahora yo notaba cosas distintas.
Cómo me observaba de reojo.
Cómo parecía pendiente de cada movimiento mío.
Ese día no bajé a las escaleras.
La empanada se quedó intacta dentro del cajón.
A mediodía, los policías regresaron.
Esta vez no venían solo a hablar.
Venían directos hacia Marta.
Toda la oficina se quedó en silencio.
Ella levantó la vista lentamente mientras la agente se acercaba.
—Marta Gutiérrez, necesitamos que nos acompañe.
Nadie respiraba.
Pero lo peor fue que Marta no pareció sorprendida.
Ni siquiera nerviosa.
Simplemente suspiró.
Como alguien cansado.
Entonces ocurrió algo extraño.
Antes de levantarse, giró la cabeza hacia mí.
Y sonrió.
Una sonrisa triste.
—Lo siento mucho —susurró.
Se la llevaron delante de todos.
En la oficina empezaron los murmullos inmediatamente.
Que si drogas.
Que si venenos.
Que si habían encontrado restos humanos enterrados bajo el jardín.
Yo apenas podía escuchar nada.
Solo pensaba en el mensaje.
Y en el gato desaparecido.
Aquella tarde fui directamente a la comisaría.
Necesitaba respuestas.
Después de dos horas esperando, la misma agente salió a hablar conmigo.
Parecía agotada.
—La sustancia encontrada en la comida era un pesticida muy potente.
Sentí náuseas.
—¿Marta intentaba matarme?
La mujer negó lentamente.
—No exactamente.
Me enseñó una fotografía.
Y sentí que el mundo se detenía.
Era Sergio.
Mi marido.
Entrando varias veces al edificio de oficinas durante la noche.
—¿Qué significa esto?
La agente respiró hondo.
—Su marido y Marta mantenían una relación desde hace meses.
Noté que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—No…
—Creemos que planeaban intoxicar lentamente al gato callejero porque estaba desenterrando algo en el jardín.
La sangre me abandonó el cuerpo.
—¿Qué había enterrado allí?
La agente me miró fijamente.
—Animales muertos. Muchos.
Mascotas desaparecidas de la zona.
El pesticida servía para evitar que otros animales removieran la tierra.
Me tapé la boca horrorizada.
Entonces entendí todo.
El gato.
Las plantas secas.
Los mensajes.
La frialdad de Sergio.
Y las empanadas.
Marta nunca quiso hacerme daño.
Solo necesitaba que alguien alimentara al gato para mantenerlo controlado y vigilado.
Pero el gato había dejado de aparecer porque finalmente logró sacar uno de los restos enterrados.
Y eso destapó todo.
Sergio fue detenido aquella misma noche cuando intentaba abandonar la ciudad.
Nunca volví a verlo.
Días después regresé al edificio.
El jardín seguía acordonado.
Pero detrás de las escaleras, dentro de una caja vieja, vi dos ojos amarillos observándome.
El gato.
Flaco.
Sucio.
Pero vivo.
Se acercó despacio por primera vez.
Y cuando le puse comida delante, ya no tuvo miedo.
Como si supiera que, al final, él había sido quien sacó la verdad a la luz.