Historias

DESPUÉS DE TRES AÑOS DE MATRIMONIO

Me alejé lentamente de la pared.

Las piernas me temblaban tanto que tuve que sentarme en el suelo del pasillo para no caerme.

No podía dejar de llorar.

Y lo peor era darme cuenta de lo injusta que había sido con él.

Mientras yo imaginaba traiciones y mentiras, Javier estaba sufriendo solo, encerrado en aquella habitación para que yo no lo viera destrozarse.

Aquella noche no dormí.

Escuchaba cada pequeño ruido al otro lado de la pared.

Los cajones abriéndose.

El sonido de las bolsas de medicamentos.

Su respiración contenida.

Y de vez en cuando… un gemido ahogado que intentaba esconder.

Cada sonido me rompía un poco más el corazón.

A la mañana siguiente actué como si no supiera nada.

Javier salió de la habitación con ojeras profundas y una sonrisa cansada.

—Buenos días, dormilona.

Sentí ganas de abrazarlo y decirle que ya lo sabía todo.

Pero no pude.

Porque entendí algo.

Él no quería que yo cargara con aquello.

Preparé café mientras lo observaba de reojo.

Parecía más delgado.

Más pálido.

Y por primera vez noté cómo le temblaban ligeramente las manos al coger la taza.

—¿Te encuentras bien? —pregunté intentando sonar normal.

Él sonrió enseguida.

Demasiado rápido.

—Claro.

Mentía fatal.

Siempre lo había hecho.

Cuando se marchó al trabajo, corrí hasta la habitación donde dormía.

Abrí despacio la puerta.

Y sentí un nudo en el estómago.

La habitación olía a medicamentos y alcohol sanitario.

Encima de la mesa encontré varios informes médicos.

Intenté no mirar.

De verdad lo intenté.

Pero entonces vi una palabra escrita en grande.

“Linfoma”.

Noté cómo el aire desaparecía de mis pulmones.

Seguí leyendo con las manos temblando.

Tratamiento agresivo.

Quimioterapia.

Posibles complicaciones.

Riesgo elevado.

Tuve que sentarme en la cama.

Las lágrimas empezaron a caerme sin control.

Mi marido estaba enfermo.

Muy enfermo.

Y estaba intentando pasar por todo aquello completamente solo.

Aquella tarde no pude concentrarme en nada.

Ni en los pedidos.

Ni en los clientes.

Ni siquiera escuchaba el móvil sonar.

Solo pensaba en Javier sentado cada noche en aquella habitación intentando no gritar de dolor para protegerme.

Cuando volvió a casa, llevaba peor cara que nunca.

Entró despacio.

Dejó las llaves sobre el mueble.

Y al girarse me encontró llorando en mitad del salón.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Laura… ¿qué pasa?

No pude soportarlo más.

Corrí hacia él y lo abracé tan fuerte que casi perdió el equilibrio.

Al principio se quedó inmóvil.

Después me abrazó también.

Y entonces empecé a llorar de verdad.

De esa forma descontrolada que nace desde el alma.

Javier entendió enseguida.

Lo noté en cómo se tensó su cuerpo.

Se apartó un poco para mirarme.

—Has entrado en la habitación.

No fue una pregunta.

Bajé la cabeza avergonzada.

—Lo siento…

Él cerró los ojos.

Y por un momento pensé que se enfadaría.

Pero no.

Solo parecía cansado.

Muy cansado.

Nos sentamos en el sofá durante horas.

Y por fin me contó la verdad.

Le habían diagnosticado cáncer meses atrás.

Al principio creyó que podría curarse rápido y no quiso preocuparme.

Pero el tratamiento empezó a empeorar.

Las inyecciones.

Los dolores.

Las noches sin dormir.

Y entonces tomó una decisión terrible.

Alejarse poco a poco para que yo sufriera menos si las cosas salían mal.

—No quería que me vieras destruido —susurró—. Tú siempre me miras como si fuera fuerte… y tenía miedo de perder eso.

Le agarré la cara entre las manos.

—Eres fuerte.

Javier rompió a llorar.

Era la primera vez que lo veía llorar así desde que murió su padre.

Y en ese momento entendí cuánto peso había estado cargando él solo.

Desde aquella noche ya no volvió a dormir separado.

Movimos todos los medicamentos a nuestra habitación.

Yo aprendí a ponerle las inyecciones.

Aprendí los horarios de las pastillas.

Las comidas que podía tolerar.

Las noches malas.

Y también aprendí algo mucho más importante.

Que amar a alguien no es solo compartir los días felices.

Es quedarse cuando llegan los días más oscuros.

Los meses siguientes fueron duros.

Muy duros.

Hubo vómitos.

Caídas.

Miedo.

Facturas médicas imposibles.

Más de una vez tuvimos que contar hasta el último euro para llegar a fin de mes.

Pero jamás volvimos a escondernos nada.

Un año después, Javier terminó el tratamiento.

Y aunque todavía sigue haciéndose revisiones, los médicos dijeron una frase que jamás olvidaré.

“Remisión completa.”

Aquella noche lloramos abrazados en mitad de la cocina.

Y todavía hoy, cuando me despierto de madrugada y lo escucho respirar a mi lado, doy gracias por aquel pequeño agujero en la pared.

Porque gracias a él descubrí que mi marido nunca quiso alejarse de mí.

Solo tenía miedo de que yo sufriera junto a él.