Mi hijo me abofeteó treinta veces delante de su mujer
Dejé que sonara tres veces antes de responder.
—¿Qué coño has hecho? —gritó Javier nada más descolgar.
Su voz ya no sonaba segura. Sonaba nerviosa. Asustada.
Miré por la ventana del despacho del notario. Afuera llovía sobre la Castellana y la gente caminaba deprisa, ajena a todo.
—Buenos días a ti también —dije.
—Han venido unos tipos diciendo que la casa ya no nos pertenece.
—Porque ya no os pertenece.
Escuché silencio al otro lado.
Después respiraciones rápidas.
—¿Estás loco?
—No. He tardado demasiado en hacer esto, que es distinto.
La voz de Lucía apareció de fondo.
—¡Dile que no puede hacer esto!
Cerré los ojos un instante.
Qué curioso. Toda esa gente que llevaba años tratándome como un estorbo ahora necesitaba desesperadamente al viejo.
—Escúchame bien, Javier —dije despacio—. Tienes hasta esta noche para recoger tus cosas.
—Papá…
Era la primera vez en mucho tiempo que volvía a llamarme así.
No respondió el empresario arrogante de La Moraleja.
Respondió el niño que una vez se dormía en mi hombro cuando yo volvía agotado de las obras.
Y eso fue lo que más rabia me dio.
Porque incluso entonces seguía utilizando el cariño solo cuando lo necesitaba.
—No me llames así ahora.
Se quedó callado.
Luego cambió el tono.
—Vale, se nos fue de las manos. Bebí demasiado.
—Treinta bofetadas no son un accidente.
—Tú me provocaste.
Sonreí sin humor.
Ahí estaba otra vez.
La culpa siempre era de otro.
—No vuelvas a levantarme la mano nunca más.
—¿Vas a dejarme en la calle por una discusión?
—No. Te dejo fuera de mi vida por años de desprecio.
Colgué.
El notario, un hombre mayor llamado Esteban, me observó en silencio desde el otro lado de la mesa.
—¿Está seguro de seguir adelante?
Pensé en mi mujer.
En Elena.
Llevaba doce años muerta y, aun así, todavía había noches en las que me sorprendía buscando su lado de la cama.
Ella siempre decía que yo confundía amor con sacrificio.
“Arturo, ayudar no es permitir que te destruyan.”
En aquel momento entendí lo que quiso decirme.
Firmé el último papel.
Dos días después, Javier vino a verme.
Apareció en mi piso sin avisar. Llevaba la misma chaqueta cara de siempre, pero tenía la cara cansada. Lucía no estaba con él.
Le abrí la puerta y permanecimos unos segundos mirándonos sin hablar.
Entonces vi algo nuevo.
No soberbia.
Vacío.
—¿Puedo pasar?
Lo dejé entrar.
Mi piso era pequeño. Nada que ver con la casa donde él había vivido los últimos años. Una mesa de madera vieja, fotografías, olor a café recién hecho.
Javier miró alrededor como si entrara en la vida de un desconocido.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó.
—Ocho años.
Frunció el ceño.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca preguntaste.
Eso le golpeó más que cualquier otra cosa.
Se sentó despacio.
Durante un rato no habló. Solo miró sus manos.
—Lucía se ha ido a casa de sus padres —dijo al final.
No respondí.
—Dice que todo esto es culpa mía.
—¿Y qué piensas tú?
Le costó contestar.
Mucho.
—No sé cuándo empecé a convertirme en alguien así.
Lo observé en silencio.
Por primera vez en años no parecía un hombre importante. Parecía perdido.
—Cuando tu madre enfermó —dije— yo trabajaba dieciséis horas al día para pagar tratamientos. Tú apenas eras un crío, pero aprendiste una cosa equivocada: pensaste que el dinero solucionaba todo.
Bajó la cabeza.
—Yo solo quería tener una vida distinta.
—Y acabaste despreciando a cualquiera que te recordara de dónde venías.
Sus ojos empezaron a humedecerse.
No lloró del todo. Javier nunca fue de llorar.
Pero algo dentro de él se rompió.
—Te pegué —murmuró.
Asentí.
—Sí.
—Y tú ni siquiera te defendiste.
Me quedé callado unos segundos antes de responder.
—Porque si te golpeaba de vuelta, todavía podía seguir engañándome pensando que éramos iguales.
El silencio llenó el salón.
Fuera seguía lloviendo.
Finalmente, Javier habló muy bajo.
—Lo siento.
Y aquella vez no sonó vacío.
No arreglaba lo ocurrido.
No borraba las bofetadas.
No devolvía los años de desprecio.
Pero era la primera verdad que escuchaba de su boca en mucho tiempo.
Me levanté despacio y fui a la cocina.
Preparé dos cafés.
Cuando regresé, dejé una taza frente a él.
Javier la sostuvo entre las manos como cuando era niño.
Y por primera vez en años, nos sentamos sin lujo, sin invitados, sin apariencias y sin aquella maldita casa entre nosotros.