En el funeral de mi padre, el enterrador me apartó y me dijo
El pasillo olía a metal frío y humedad.
Las luces fluorescentes zumbaban sobre nuestras cabezas mientras Patricia avanzaba sin mirar atrás.
Yo seguía sujetando la carta de mi padre con tanta fuerza que el papel ya estaba arrugado.
—Empiece a hablar —dije finalmente—. ¿Dónde está mi padre?
Patricia se detuvo frente a una puerta metálica gris.
Unidad 17.
Introdujo la llave en mi mano.
—Ábrala usted.
El corazón me golpeaba tan fuerte que apenas podía respirar.
Giré la cerradura lentamente.
La puerta chirrió al abrirse.
Y lo primero que vi fue una pared llena de fotografías.
Decenas.
Tal vez cientos.
Fotos mías.
De mi mujer.
De mis hijos.
De mi madre.
Algunas recientes.
Otras de años atrás.
Sentí un escalofrío recorrerme entero.
—¿Qué coño es esto?
Patricia cerró la puerta detrás de nosotros.
—Su padre trabajó durante veintisiete años como informante federal infiltrado.
La miré sin entender.
—¿Qué?
Ella señaló las fotografías.
—La familia Mercer lleva veinte años siendo vigilada.
Noté cómo el aire desaparecía de mis pulmones.
En una mesa había carpetas clasificadas.
Nombres.
Direcciones.
Informes.
Y encima de todo, una fotografía antigua de mi padre mucho más joven junto a dos hombres desconocidos.
Uno de ellos estaba tachado con una enorme X roja.
—Su padre ayudó al FBI a infiltrarse en una red de tráfico internacional de armas y lavado de dinero —continuó Patricia—. Testificó contra gente extremadamente peligrosa.
Me quedé inmóvil.
Aquello no podía ser real.
Mi padre había sido contable.
Aburrido.
Meticuloso.
Un hombre que regaba el césped cada domingo.
Patricia pareció leerme la cara.
—Eso era la tapadera.
Se acercó a una de las estanterías y sacó otra carpeta.
Dentro había fotografías de vigilancia recientes.
Una de ellas me hizo quedarme helado.
Mi madre entrando en un coche negro dos días antes del funeral.
Con un hombre desconocido.
—¿Quién es él?
Patricia dudó unos segundos.
—Creemos que trabaja para la organización contra la que colaboró su padre.
Sentí náuseas.
—No. Mi madre jamás…
—Su madre no trabaja para ellos —me cortó—. La están utilizando.
Entonces entendí el mensaje.
“Ellos la tienen.”
Me apoyé contra la pared intentando ordenar mis pensamientos.
—¿Mi padre fingió su muerte?
Patricia asintió lentamente.
—Era la única forma de sacarlo antes de que lo encontraran.
—¿Y el cadáver del funeral?
—Un cuerpo sin identificar obtenido legalmente por el programa federal.
Tuve que sentarme.
Todo mi mundo acababa de romperse en diez minutos.
Mi padre no estaba muerto.
Mi madre estaba en peligro.
Y el FBI llevaba años observando mi vida sin que yo lo supiera.
Patricia se acercó un poco más.
—Escúcheme atentamente, Julián. Si ellos creen que su padre le dejó información, vendrán a por usted.
—¿Qué información?
Ella abrió otra carpeta.
Dentro había nombres de jueces, empresarios, políticos y policías.
Muchos de ellos conocidos.
Demasiado conocidos.
Y entonces vi uno que me hizo sentir auténtico terror.
El alcalde de nuestra ciudad.
Mi padrino de boda.
Amigo íntimo de mi padre durante veinte años.
Patricia vio mi reacción.
—Ahora entiende por qué fingir la muerte era la única salida.
Noté un sudor frío recorriéndome la espalda.
Porque aquello significaba algo horrible:
No sabíamos en quién confiar.
Mi móvil empezó a sonar de repente.
“Mamá”.
La pantalla iluminó la habitación.
Patricia reaccionó inmediatamente.
—No conteste.
Pero ya era tarde.
Había deslizado el dedo casi por reflejo.
—Julián… —la voz de mi madre sonaba rota—. Por favor… ven a casa.
Y entonces escuché algo detrás de ella.
Una respiración masculina.
Lenta.
Muy cerca del teléfono.
Mi sangre se congeló.
—Mamá, ¿estás sola?
Silencio.
Después un susurro apenas audible.
—No.
La llamada se cortó.
Patricia ya estaba sacando una pistola de la cintura.
—Tenemos que movernos ahora mismo.
—¿Movernos adónde?
Ella me miró directamente.
Y por primera vez vi miedo real en sus ojos.
—Porque si ellos ya saben que usted está aquí… probablemente ya vienen de camino.
Justo entonces, las luces del almacén parpadearon.
Una vez.
Dos.
Y después se apagaron por completo.
La oscuridad nos tragó enteros.
Y desde algún punto del pasillo metálico… escuchamos pasos.