Historias

Le dieron dos horas

Oksana observó cómo el anciano abría lentamente la caja metálica.

Dentro no había dinero.

Ni joyas.

Había una vieja pistola, varios cargadores, un mapa del bosque dibujado a mano y una radio militar.

El hombre levantó la vista.

—¿Cuántos son?

—Tres.

—¿Van armados?

Ella asintió.

—Sí.

Él cerró la caja con calma.

—Entonces han cometido un error.

No entendía cómo alguien que vivía solo en medio del bosque podía hablar con tanta seguridad.

El hombre le entregó una manta de lana.

—Siéntate junto a la estufa. No hagas ruido.

Después apagó el fuego casi por completo.

La cabaña quedó sumida en una oscuridad casi total.

Unos minutos más tarde se escucharon pasos sobre la nieve.

Tres golpes secos resonaron en la puerta.

—¡Abre! Hemos visto entrar a una mujer.

Nadie respondió.

El hombre permanecía inmóvil.

Los golpes se repitieron.

Esta vez con más fuerza.

—Sabemos que está aquí.

El anciano sonrió apenas.

Se acercó a una pequeña rendija de la pared.

No apuntó con el arma.

Solo observó.

Después susurró:

—Siguen moviéndose igual.

Oksana lo miró sin comprender.

—¿Quiénes?

—Los hombres que creen que la fuerza lo resuelve todo.

De pronto, uno de los atacantes intentó derribar la puerta.

En ese mismo instante sonó un fuerte chasquido.

Un grito desgarró el silencio.

Había pisado una trampa oculta bajo la nieve.

Los otros dos retrocedieron sobresaltados.

El anciano abrió una pequeña ventana lateral.

Disparó una única vez.

No contra ellos.

La bala alcanzó una gruesa rama cargada de nieve.

Una enorme masa blanca cayó sobre los dos hombres, dejándolos atrapados durante unos segundos.

Fue suficiente.

El hombre agarró a Oksana del brazo.

—Por aquí.

Abrió una trampilla escondida bajo una alfombra.

Descendieron por un estrecho túnel de tierra.

—¿Qué es este lugar?

—Una salida que construí hace muchos años.

Caminaron varios minutos hasta salir a un barranco cubierto por árboles.

Desde allí se veía la cabaña.

Las luces de los perseguidores se movían caóticamente.

Creían que ambos seguían dentro.

El anciano encendió la radio.

—Aquí „Lince”. Código siete.

Hubo unos segundos de silencio.

Después respondió una voz.

—Recibido.

Estamos en camino.

Oksana lo miró sorprendida.

—¿Quiénes son?

Él tardó unos segundos en contestar.

—Hace veinte años trabajaba infiltrado para una unidad especial de la Guardia Civil.

Una operación salió mal.

Oficialmente morí aquel día.

Era la única forma de proteger a mi familia y terminar una investigación que nunca llegó a cerrarse.

Miró las luces que seguían rodeando la cabaña.

—Esos hombres pertenecen a la misma organización que sobrevivió entonces.

Por eso nunca pude volver.

Media hora después comenzaron a escucharse sirenas.

Vehículos todoterreno rodearon la zona.

Los tres hombres fueron detenidos antes de abandonar el bosque.

Cuando todo terminó, uno de los agentes se acercó al anciano.

—Pensábamos que jamás volveríamos a verle.

El hombre sonrió con cansancio.

—Yo también.

Meses después, su verdadera identidad fue restituida oficialmente.

Los documentos que durante veinte años lo habían dado por fallecido fueron anulados.

Por primera vez en dos décadas pudo visitar la tumba que llevaba su propio nombre.

No sintió tristeza.

Solo alivio.

Porque aquella noche, al abrir la puerta de su cabaña a una desconocida, no solo había salvado una vida.

También había recuperado la suya.