Mi marido comentó “guapísima” en la foto de su ex
Javier miró la pantalla.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Porque vi perfectamente el nombre que apareció.
Patricia.
Su ex.
La misma mujer a la que acababa de llamar guapísima delante de todo el mundo.
—¿No lo coges? —pregunté.
—No es asunto tuyo.
—Claro que sí. Está sonando en mi salón.
Rechazó la llamada.
Demasiado rápido.
Demasiado nervioso.
Y eso me hizo gracia.
No porque disfrutara viéndolo incómodo.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no era yo quien estaba intentando explicar algo.
Era él.
El móvil volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje.
Y luego otro.
Y otro más.
Javier apagó la pantalla.
—¿Qué quiere?
—Nada importante.
—Entonces puedes enseñármelo.
—No tengo que enseñarte nada.
—Exactamente lo mismo que dijiste cuando comentaste la foto.
Durante unos segundos ninguno habló.
La tensión llenó el salón.
Pero algo había cambiado.
Yo ya no estaba enfadada.
Ya no estaba herida.
Solo estaba observando.
Y creo que eso fue lo que más le desconcertó.
—¿Por qué has hecho todo esto? —preguntó finalmente.
—¿La sesión de fotos?
—Sí.
Me encogí de hombros.
—Porque llevaba años sin hacer algo por mí.
—Eso no es verdad.
—¿No?
Lo miré directamente.
—¿Cuándo fue la última vez que me dijiste que estaba guapa?
No respondió.
—¿La última vez que me invitaste a cenar?
Silencio.
—¿La última vez que me miraste sin estar pendiente del móvil?
Bajó la vista.
Y entonces entendí algo.
El problema no era Patricia.
Ni el comentario.
Ni siquiera aquella foto.
El problema era todo lo que había pasado antes.
Las pequeñas faltas de atención.
Las conversaciones aplazadas.
Las costumbres que sustituyeron al cariño.
La sensación de haber dejado de ser una mujer para convertirme únicamente en una parte del mobiliario de la casa.
Javier se dejó caer en el sofá.
Parecía cansado.
—No pensé que te afectaría tanto.
—Porque llevabas mucho tiempo sin fijarte en mí.
Aquella frase le dolió más que cualquier grito.
Lo vi en su cara.
En ese momento volvió a sonar el móvil.
Otra vez Patricia.
Javier suspiró.
Y, para mi sorpresa, respondió delante de mí.
—Patricia, no vuelvas a llamarme.
Escuché una voz al otro lado.
Rápida.
Molesta.
—No. Escúchame tú. Lo nuestro terminó hace años. Y no pienso discutir esto más.
Colgó.
Luego bloqueó el número.
Delante de mí.
Sin discursos.
Sin espectáculo.
Solo lo hizo.
Después dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Eso era lo que querías ver?
Negué con la cabeza.
—No.
Pareció confundido.
—Entonces, ¿qué quieres?
Pensé unos segundos.
—Quiero volver a gustarme a mí misma aunque nadie me lo recuerde.
Su expresión cambió.
Porque entendió que aquello ya no giraba alrededor de él.
Ni de Patricia.
Ni de una foto.
Giraba alrededor de mí.
De todo lo que había olvidado mientras intentaba sostener una relación.
Esa noche no resolvimos todos nuestros problemas.
No habría sido realista.
Pero hablamos.
De verdad.
Durante horas.
Sin acusaciones.
Sin sarcasmos.
Sin móviles encima de la mesa.
Dos semanas después repetí la sesión de fotos.
Esta vez porque me apetecía.
Y cuando publiqué una nueva imagen, el primer comentario apareció apenas unos minutos después.
Era de Javier.
Solo decía:
“La mujer más impresionante que conozco.”
Sonreí.
No porque necesitara leerlo.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, parecía haber entendido que el problema nunca fue que otra mujer fuera guapa.
El problema fue olvidar decirle a la suya que también lo era.