Historias

Mi mujer me dijo que iba a ser madre gestante por 70.000 €

—Cuando firme los papeles de la casa, quiero que sea una sorpresa —dijo Rebeca con la voz entrecortada—. Si se entera antes, cancelará todo. Siempre pone nuestras necesidades por delante de las suyas.

Me quedé inmóvil.

No era lo que esperaba escuchar.

Daniel respondió enseguida.

—Lo entiendo, pero el banco necesita que él firme como titular principal. No podemos mantener el secreto mucho más tiempo.

Mi respiración empezó a estabilizarse.

¿La casa?

¿Qué significaba aquello?

Seguí escuchando.

—También está lo de la operación —añadió Daniel.

Rebeca guardó silencio unos segundos.

—No quiero preocuparle hasta que todo esté hecho. Bastante culpa siente ya.

Sentí un escalofrío.

Operación.

Casa.

Nada encajaba con la historia que yo llevaba ocho meses creyendo.

No esperé más.

Entré en casa de golpe.

Los dos levantaron la vista sobresaltados.

Rebeca se quedó completamente pálida.

—¿Qué haces aquí?

Levanté la llave inglesa que llevaba en la mano.

—Me la había olvidado.

Después miré a Daniel.

—Y ahora quiero que alguien me explique qué está pasando.

Nadie habló durante unos segundos.

Finalmente, Daniel suspiró.

—Creo que ya no tiene sentido seguir ocultándolo.

Rebeca empezó a llorar.

—Perdóname.

—¿Perdonarte por qué? ¿Has estado mintiéndome todo este tiempo?

Ella asintió.

—Sí… pero no por lo que tú crees.

Me pidió que me sentara.

Sacó una carpeta del aparador y la dejó sobre la mesa.

Dentro había informes médicos.

El primero llevaba su nombre.

Leí las primeras líneas.

Donación parcial de hígado.

La miré sin entender.

—¿Qué es esto?

—No he sido madre gestante.

Sentí que el mundo volvía a detenerse.

—¿Qué?

—Hace casi un año diagnosticaron una enfermedad hepática muy grave a la hija de una pareja. Yo era compatible para donar parte de mi hígado.

No conseguía reaccionar.

Ella continuó.

—La familia quería compensarme económicamente por el tiempo de recuperación y por dejar de trabajar varios meses. Legalmente no podían pagar por la donación, pero me contrataron después como asesora para una fundación creada por ellos. Todo estaba supervisado por abogados. Al final recibiré una cantidad muy parecida a esos setenta mil euros.

Miré a Daniel.

Él asintió.

—Conozco a esa familia desde hace años. Me pidieron ayuda porque sabían que Rebeca necesitaba ingresos y que era una persona sana. Todo el proceso fue completamente legal.

Me llevé las manos a la cabeza.

—Entonces… ¿por qué decirme que era un embarazo?

Rebeca rompió a llorar.

—Porque sabía que jamás aceptarías que me sometiera a una cirugía así.

No pude negarlo.

Tenía razón.

Habría hecho cualquier cosa para impedirlo.

—Cada vez que te veía besarme la barriga… me sentía fatal —dijo entre lágrimas—. Pero necesitaba mantener la historia. Después de la operación tenía inflamación abdominal y era la única forma de que no sospecharas.

Las piezas empezaron a encajar.

Las citas médicas.

El cansancio.

La ropa ancha.

Los meses en los que evitaba que la acompañara.

Todo tenía sentido.

Daniel abrió otra carpeta.

Dentro había fotografías.

Una pareja abrazando a una niña de unos seis años.

La pequeña sonreía con un enorme dibujo en las manos.

En la parte de atrás alguien había escrito:

„Gracias por regalarle una segunda oportunidad a nuestra hija.”

Sentí un nudo en la garganta.

Rebeca me tomó la mano.

—Nunca fue solo por la casa.

Miré los documentos.

Había una reserva de compra.

Una vivienda con un pequeño jardín en las afueras de Alcalá de Henares.

Justo el tipo de casa con la que soñábamos desde que nació Leo.

—Daniel adelantó parte del dinero para que no perdiéramos la oportunidad —explicó ella—. La semana que viene íbamos a enseñártela.

Miré a mi jefe.

—¿Has hecho todo esto por nosotros?

Sonrió.

—Durante seis años nunca me has fallado en un solo trabajo. Pensé que ya era hora de devolverte un poco de todo eso.

No pude contener las lágrimas.

Durante ocho meses me había culpado de todo.

Pensé que había obligado a mi mujer a sacrificar su cuerpo porque yo no era capaz de ofrecerle una vida mejor.

La realidad era muy distinta.

Ella había salvado la vida de una niña.

Y, al mismo tiempo, había conseguido que nuestro hijo pudiera crecer en la casa que siempre habíamos imaginado.

Una semana después firmamos la escritura.

Cuando Leo salió corriendo por el jardín por primera vez, riéndose mientras perseguía una pelota, Rebeca me abrazó por la cintura.

—¿Mereció la pena guardar el secreto?

La miré.

—No vuelvas a ocultarme algo así nunca.

Ella sonrió.

—Prometido.

Le di un beso en la frente.

—Y otra cosa.

—¿Cuál?

—Nunca más volveré a creer que el problema era ganar poco dinero.

Porque aquel día entendí que la mayor riqueza que tenía ya estaba en casa desde mucho antes de comprarla.