Historias

—¡No cerréis ese ataúd! —grité mientras todos me miraban como si hubiera perdido la cabeza.

Nadie dijo una palabra durante varios segundos.

Solo se oía el tic-tac del viejo reloj del salón y mi propia respiración.

El doctor Echevarría dio un paso hacia el ataúd.

—Javier, estás alterado. Déjame comprobar…

—No la toque.

Mi voz sonó tan firme que incluso él se detuvo.

Cinco minutos después llegaron dos patrullas de la Guardia Civil y una ambulancia medicalizada.

La inspectora Vega entró sin perder tiempo.

—¿Quién es Javier Molina?

Levanté la mano.

—Soy yo.

Se acercó al ataúd y observó a Lucía.

Después miró al médico.

—¿Ha certificado usted personalmente el fallecimiento?

Echevarría dudó apenas un instante.

—Sí.

—Entonces repita la exploración delante de nosotros.

El médico tragó saliva.

Nunca olvidaré aquel momento.

Acercó el fonendoscopio al pecho de Lucía.

Luego comprobó el pulso.

Su expresión cambió por completo.

—Esto… no puede ser.

La inspectora dio un paso al frente.

—¿Qué ocurre?

El médico respiró hondo.

—Tiene un pulso extremadamente débil.

Todo estalló al mismo tiempo.

Los sanitarios apartaron a los familiares y comenzaron las maniobras de estabilización.

Mercedes perdió el color del rostro.

Rodrigo retrocedió varios pasos.

Yo permanecía inmóvil, sujetando la mano de Lucía.

Uno de los médicos levantó la vista.

—Está viva. Hay que trasladarla inmediatamente.

Mientras sacaban la camilla, vi cómo Rodrigo intentaba alejarse discretamente hacia una puerta lateral.

La inspectora también lo vio.

—Señor Salvatierra, haga el favor de quedarse donde está.

Él sonrió con nerviosismo.

—Solo iba a llamar a mi abogado.

—Ya tendrá tiempo.

En ese momento recordé el pequeño frasco que había escondido en el bolsillo.

Me acerqué a la inspectora.

—Lleva algo que no quiere que encontremos.

Dos agentes registraron a Rodrigo.

Del bolsillo interior de la chaqueta apareció un vial de cristal con una etiqueta parcialmente arrancada.

La inspectora lo observó con atención.

—¿Qué contiene esto?

Rodrigo no respondió.

El doctor Echevarría bajó la cabeza.

Yo sí reconocí el nombre casi borrado del laboratorio.

Era un potente sedante utilizado únicamente en hospitales y capaz de provocar un estado de inmovilidad extrema, con constantes vitales tan débiles que podía confundirse con una muerte clínica.

La inspectora giró lentamente hacia el médico.

—Doctor… ¿está seguro de que cometió un error?

Echevarría empezó a temblar.

—Yo… solo seguía instrucciones.

Mercedes dio un paso atrás.

—No digas una sola palabra.

Pero ya era demasiado tarde.

—Me dijeron que solo necesitaban ganar unas horas —balbuceó el médico—. Que después todo estaría resuelto y nadie sospecharía nada.

La inspectora ordenó inmediatamente que nadie abandonara la finca.

Mientras la ambulancia se alejaba con Lucía rumbo al hospital, me quedé observando cómo registraban el despacho familiar.

No tardaron en encontrar una carpeta escondida en una caja fuerte.

Dentro había un nuevo testamento preparado apenas una semana antes.

También había documentos para vender varias bodegas familiares y autorizar la transferencia inmediata del patrimonio a una sociedad administrada por Mercedes y Rodrigo.

Sin la muerte de Lucía, aquellos documentos no tenían ningún valor.

Con su fallecimiento, todo habría cambiado de manos en cuestión de días.

Horas más tarde llegué al hospital.

Lucía seguía en cuidados intensivos, pero los médicos eran optimistas.

El bebé también resistía.

Cuando por fin pude entrar a verla, abrió lentamente los ojos.

Intentó hablar.

Me incliné para escucharla.

Con un hilo de voz apenas audible susurró:

—Sabía… que vendrías.

Le acaricié el cabello con cuidado.

—Esta vez no llegaron a tiempo.

Apreté su mano.

Fuera de la habitación, la inspectora Vega esperaba con una carpeta llena de pruebas.

Mercedes, Rodrigo y el doctor Echevarría acababan de ser detenidos por tentativa de homicidio, falsedad documental y conspiración para apropiarse ilegalmente del patrimonio familiar.

Miré una última vez a Lucía.

Habían preparado cada detalle para convertir un crimen en un funeral perfecto.

Lo único que no habían previsto era que el hombre al que siempre consideraron insignificante sería quien descubriría la verdad antes de que el ataúd se cerrara para siempre.