Todos lloraban mientras sacaban el cuerpo de Alba del agua.
Dormí apenas una hora.
A las seis de la mañana ya estaba frente al puerto.
El barco seguía precintado por los Mossos, pero el inspector Llorens había conseguido una autorización para que pudiera revisar el equipo junto al laboratorio de criminalística.
—No toque nada hasta que terminemos las fotografías —me advirtió.
Asentí.
No hacía falta recordármelo.
Mientras los técnicos trabajaban, observé el regulador de Alba, las botellas y la línea de seguridad.
La cuerda no estaba desgarrada.
Había sido cortada con una herramienta afilada.
El borde era limpio.
Demasiado limpio.
—¿Qué piensa? —preguntó Llorens.
—Que quien hizo esto conocía perfectamente el material de buceo.
El inspector no respondió.
Solo tomó nota.
Un rato después apareció Sergio.
Parecía nervioso.
—¿Ya saben algo?
Llorens lo observó unos segundos.
—¿Quién preparó el equipo antes de la inmersión?
—Normalmente cada uno revisa el suyo.
—¿Y el de Alba?
Sergio dudó.
—Creo que Hugo la ayudó mientras yo terminaba de cargar las botellas.
Vi cómo el inspector levantaba ligeramente una ceja.
Aquello era importante.
Antes del mediodía recibí un mensaje de uno de mis antiguos compañeros del laboratorio judicial de Madrid.
„He recuperado los archivos de la nube de la cámara de Alba. Llámame.”
Sentí un vuelco en el estómago.
La cámara no había aparecido.
Pero muchas cámaras sincronizaban automáticamente parte de su contenido cuando encontraban cobertura.
Llamé inmediatamente.
—Solo hay dos vídeos completos —me explicó—. El último empieza pocos minutos antes de la inmersión.
Le pedí que me lo enviara.
Cuando lo abrí, vi a Alba ajustándose el chaleco mientras grababa el barco.
Se reía.
Hablaba conmigo, aunque yo no estuviera allí.
—Si Clara ve esto, seguro que vuelve a decirme que compruebe dos veces el equipo.
Después la imagen giró.
Durante apenas unos segundos apareció Hugo manipulando algo junto a la botella de aire.
No era una prueba definitiva.
Pero tampoco era una simple coincidencia.
El vídeo terminaba de forma brusca.
Como si alguien hubiera apagado la cámara.
Por la tarde decidí visitar la habitación de Alba en el pequeño hotel donde nos alojábamos.
La policía ya había terminado la inspección.
Solo quedaban sus pertenencias.
Mientras recogía su ropa encontré un cuaderno escondido entre dos novelas.
En las últimas páginas había varias anotaciones.
Fechas.
Cantidades de dinero.
Y un nombre repetido varias veces.
Marcos.
Seguí leyendo.
Alba había descubierto que Marcos y Hugo estaban intentando vender de forma ilegal una empresa de actividades náuticas utilizando documentación falsificada.
Ella pensaba denunciarlo después del viaje.
Aquello cambiaba completamente el caso.
Ya no se trataba únicamente de una sospecha.
Existía un motivo.
Cuando salí del hotel encontré al inspector esperándome.
Le entregué el cuaderno sin decir una palabra.
Lo hojeó rápidamente.
Después levantó la vista.
—Esto puede ser el móvil que necesitábamos.
Respiré hondo.
Miré el mar.
Horas antes había parecido un lugar tranquilo.
Ahora solo veía la escena de un crimen.
Y comprendí que Alba no había perdido la vida por un accidente durante una inmersión.
Había muerto porque decidió contar una verdad que dos personas estaban dispuestas a ocultar a cualquier precio.
Aquella investigación acababa de empezar.
Pero, por primera vez, sentí que la justicia estaba un paso más cerca que los asesinos.