Historias

VOLVÍ DE UN VIAJE DE TRABAJO Y ENCONTRÉ A MI HIJA DURMIENDO EN EL SUELO DE LA COCINA.

Mi marido estaba de espaldas a la puerta.

Junto a él había un hombre de unos cincuenta años al que nunca había visto.

Entre los dos estaban desmontando la cama de mi hija.

Las cajas de cartón abiertas ocupaban media habitación. La cómoda estaba vacía y la ropa cuidadosamente doblada sobre una silla.

Mi primer impulso fue empujar la puerta de golpe.

—¿Qué está pasando aquí?

Los dos se giraron sobresaltados.

Mi marido tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Ya has llegado?

Lo miré sin responder.

—¿Quién es este hombre?

El desconocido dio un paso atrás.

—Creo que será mejor que me marche.

—No, espere —dije sin apartar la vista de mi marido—. Antes quiero saber qué hace usted en la habitación de mi hija a estas horas.

Mi marido suspiró con cansancio.

—Se llama Julián. Es carpintero.

Aquello no aclaraba absolutamente nada.

—¿Y por qué un carpintero está desmontando el dormitorio de nuestra hija cerca de la medianoche?

Fue entonces cuando mi hija apareció en la puerta, todavía medio dormida y abrazando la manta.

—Mamá…

Corrí hacia ella.

—Cariño, ¿estás bien?

Asintió.

—Papá dijo que no te preocupases.

La abracé con fuerza.

—¿Por qué estabas durmiendo en la cocina?

—Porque no quería estropear la sorpresa.

La miré confundida.

—¿Qué sorpresa?

Mi marido dejó el destornillador sobre la cómoda.

—Déjame explicarlo.

Respiré hondo, intentando controlar el enfado.

—Empieza.

Él señaló el techo.

—El lunes descubrimos una grieta enorme detrás del armario. Llamé al seguro y enviaron a un técnico.

Julián asintió.

—Había humedad dentro del tabique. Mucha más de la que parecía.

Mi marido continuó:

—Si no desmontábamos los muebles, la pared podía terminar cediendo. Había que levantar parte del suelo y cambiar toda esa zona.

Miré la pared. Ahora distinguía un gran rectángulo de yeso recién colocado que apenas se apreciaba con la luz tenue.

—¿Y por qué no me llamaste?

Bajó la cabeza.

—Lo intenté varias veces el primer día, pero estabas entrando en una reunión importante. Luego pensé que bastante estrés tenías ya con el viaje. Los obreros solo podían venir por las tardes y hoy era el último día para dejar la habitación lista antes de que volvieras.

—¿Y ella?

—Insistió en dormir en la cocina para no molestar mientras terminábamos. Le preparé el colchón, pero acabó bajándose al suelo porque decía que allí estaba más fresquita.

Mi hija sonrió con cierta timidez.

—Además, quería que vieras la habitación terminada sin enterarte antes.

Noté cómo la tensión empezaba a aflojarse.

Fue entonces cuando vi el resto de la habitación.

No solo habían reparado la pared.

La vieja cama, que llevaba meses crujiendo, había sido sustituida por otra de madera clara.

Habían colocado una estantería nueva llena de los libros que mi hija tenía amontonados en cajas.

Sobre el escritorio había una lámpara nueva y un corcho con fotografías familiares cuidadosamente ordenadas.

Incluso habían pintado la habitación de un color verde suave que ella llevaba meses diciendo que le encantaba.

Mi marido sonrió con cierta vergüenza.

—La humedad había estropeado más cosas de las que pensábamos. Al final decidimos aprovechar para arreglar todo el cuarto. Julián aceptó venir por las noches porque durante el día tenía otros encargos.

Julián levantó una mano.

—Y vuestra hija ha sido la mejor ayudante que he tenido en años.

Mi hija soltó una pequeña risa.

—Solo pasaba los tornillos.

Nos quedamos los cuatro en silencio unos segundos.

Después me acerqué a mi marido.

—He imaginado cosas horribles cuando he abierto esa puerta.

Él asintió lentamente.

—Lo sé. Y tienes razón en enfadarte. Debí llamarte, aunque fuera solo para decirte que todo estaba bajo control.

Lo miré durante unos segundos antes de abrazarlo.

—La próxima vez no vuelvas a hacerme pasar este susto.

—Te lo prometo.

Mi hija tiró suavemente de mi manga.

—¿Ahora sí puedo dormir en mi habitación?

La miré sonriendo por primera vez desde que había entrado en casa.

—Claro que sí.

Entre los tres terminamos de colocar los últimos libros en la estantería mientras Julián recogía sus herramientas.

Cuando apagamos la luz, mi hija se metió en su cama nueva con una sonrisa de oreja a oreja.

Antes de cerrar la puerta, miré una vez más aquella habitación.

Había entrado convencida de que iba a descubrir una tragedia.

En realidad, solo había encontrado a un padre y a una hija intentando regalarme la tranquilidad de volver a casa sin preocuparme durante un viaje que ya había sido bastante difícil.

Y aquella noche comprendí que, incluso con las mejores intenciones, los secretos nunca son una buena idea cuando pueden hacer que la persona que más te quiere imagine el peor de los escenarios.