Historias

Mi vecina denunció mi valla porque, según ella, era cinco centímetros más alta de lo permitido

Mi vecina dejó de sonreír.

—¿Mi jardín? ¿Por qué?

El inspector respondió con total tranquilidad.

—Durante la revisión he observado varias cosas desde la línea divisoria de las parcelas. Ya que estoy aquí, debo comprobarlas.

Ella intentó interponerse.

—No creo que sea necesario.

—Sí lo es.

Entramos.

Bastaron unos segundos para que el inspector sacara de nuevo la cinta métrica.

La pérgola del patio invadía varios centímetros la servidumbre municipal.

El cobertizo del fondo carecía de licencia.

Y la nueva valla que acababa de instalar en un lateral superaba el límite permitido por más de veinte centímetros.

Mi vecina empezó a ponerse nerviosa.

—Eso ya estaba así cuando compré la casa.

El inspector la miró.

—Hace dos meses solicitó usted misma el permiso para instalar esa valla. Consta en nuestros registros.

No supo qué contestar.

Continuó revisando el terreno.

También encontró que había pavimentado parte del jardín sin autorización y había ocupado una franja de terreno público con unos maceteros de piedra.

Anotó todo con calma.

Al terminar cerró la carpeta.

—Recibirá un requerimiento para corregir estas irregularidades en un plazo de treinta días.

Ella empezó a levantar la voz.

—¡Esto es absurdo! ¡Yo solo quería que se cumplieran las normas!

El inspector respondió sin alterar el tono.

—Y precisamente eso estamos haciendo.

Los vecinos, atraídos por la inspección, observaban discretamente desde sus jardines.

Algunos recordaban perfectamente las veces que aquella mujer había llamado al ayuntamiento por asuntos insignificantes: una bicicleta apoyada en una fachada, unas luces de Navidad encendidas un día más de la cuenta o unas macetas demasiado cerca de la acera.

Aquella tarde nadie se rió de ella.

Pero tampoco nadie sintió lástima.

Dos semanas después comenzaron las obras en su casa.

Tuvo que desmontar la valla, mover el cobertizo y retirar parte del pavimento.

El coste fue mucho mayor que cualquier multa que hubiera esperado para mí.

Un sábado por la mañana coincidimos junto a los buzones.

Se acercó despacio.

—Supongo que te debo una disculpa.

La miré unos segundos.

—No me molestó la inspección.

Lo que me dolió fue que nunca vinieras a hablar conmigo antes de intentar meterme en un problema.

Bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Desde aquel día dejó de vigilar lo que hacían los demás.

Y el barrio recuperó la tranquilidad que siempre había tenido.

Porque, a veces, quien intenta utilizar las normas para perjudicar a otros termina descubriendo que esas mismas normas también se aplican a uno mismo.