Historias

—DÉJEME MARCHARME, DOCTORA. VOY A ENSUCIAR TODO EL HOSPITAL CON ESTAS BOTAS.

Sin decir una sola palabra, la doctora se arrodilló delante de mí.

Todo el pasillo contuvo la respiración.

Yo intenté dar un paso atrás.

—No, hija… No haga eso…

Ella sonrió con una tranquilidad que todavía hoy recuerdo.

Después tomó un paño húmedo que había sobre un carro de curas y empezó a limpiar con cuidado el barro de mis botas.

No lo hacía por el suelo.

Lo hacía por mí.

—Ya está —dijo mientras levantaba la vista—. Ahora ya no tendrá que preocuparse por ensuciar nada.

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.

—Pero… doctora…

Ella negó despacio con la cabeza.

—¿Sabe una cosa?

Se acercó un poco más y me habló tan bajo que solo yo pude oírla.

—Mi abuelo también era pastor.

Durante toda su vida llegó a todos los sitios pidiendo perdón por llevar las manos ásperas y las botas manchadas.

Y yo le prometí que, si algún día era médica, jamás permitiría que otra persona sintiera esa vergüenza.

No fui capaz de responder.

Solo bajé la cabeza.

La mujer que antes se había apartado de mi lado comenzó a llorar en silencio.

Un muchacho que estaba grabando con el móvil guardó el teléfono lentamente.

Nadie dijo una palabra.

La doctora me ayudó a sentarme de nuevo.

Cuando me quitó la bota, el silencio se hizo todavía más profundo.

La herida estaba muy infectada.

—Ha venido justo a tiempo —dijo mientras llamaba a enfermería—. Un par de días más y podría haber perdido la pierna.

Me limpiaron la herida, iniciaron el tratamiento y me dejaron ingresado varios días.

Cada mañana la doctora pasaba a verme.

Siempre encontraba unos minutos para preguntarme por mis ovejas.

Yo le hablaba de los corderos recién nacidos, del perro que me esperaba en la finca y de los amaneceres en la montaña.

Ella escuchaba como si aquellas historias fueran importantes.

Porque lo eran.

El día que me dieron el alta, saqué de una bolsa un pequeño queso que había hecho con la última leche antes del accidente.

—No es gran cosa…

Ella lo recibió como si fuera el mejor regalo del mundo.

—Es el mejor agradecimiento que podía traerme.

Antes de marcharme le pregunté por qué había limpiado mis botas.

Sonrió.

—Porque el barro solo ensucia el suelo.

La vergüenza, en cambio, ensucia el corazón.

Y ningún paciente debería salir de un hospital sintiendo eso.

Salí caminando despacio hacia la puerta.

Miré mis viejas botas.

Seguían siendo las mismas.

Llenas de marcas, de años y de caminos.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir vergüenza por llevarlas puestas.