NUESTRA FAMILIA VIAJABA EN UN VUELO DE MAKE-A-WISH PARA CUMPLIR EL ÚLTIMO SUEÑO
Miguel me miró con los ojos muy abiertos.
Yo también estaba completamente desconcertado.
Entonces el comandante volvió a hablar.
—Hace unas semanas recibimos una carta escrita por una enfermera del hospital donde te atienden. Nos contaba lo valiente que eres y cómo nunca has dejado de sonreír, incluso en los días más difíciles.
Las azafatas comenzaron a caminar lentamente por el pasillo.
Una de ellas llevaba una pequeña caja azul entre las manos.
El comandante continuó.
—Toda la tripulación quiso hacer algo especial para ti.
La auxiliar se arrodilló junto al asiento de Miguel y abrió la caja.
Dentro había una gorra de piloto con su nombre bordado.
También unas pequeñas alas doradas.
—A partir de este momento —dijo el comandante—, te nombramos copiloto honorífico de este vuelo.
Todo el avión estalló en aplausos.
Miguel no podía dejar de sonreír.
Con manos temblorosas se puso la gorra.
—¿De verdad puedo ser copiloto?
—Claro que sí —respondió una azafata riendo—. Aunque hoy solo tendrás un trabajo: seguir sonriendo.
Pensamos que aquella era la sorpresa.
Pero aún faltaba otra.
Poco antes del aterrizaje, el comandante volvió a intervenir.
—Miguel… cuando el avión se detenga, no te levantes todavía. Tenemos un permiso muy especial.
Al abrirse la puerta del avión, un empleado del aeropuerto entró sonriendo.
—Comandante, el copiloto puede pasar.
Nos condujeron hasta la cabina.
Miguel se quedó inmóvil al ver todos los mandos, las pantallas y los enormes ventanales.
El comandante se quitó su propia gorra y se la colocó a mi hijo.
—Bienvenido a tu puesto.
Durante varios minutos le explicó para qué servían los instrumentos, cómo despegaba un avión y qué significaban algunos botones.
Miguel escuchaba fascinado.
Antes de marcharnos, el comandante le entregó un pequeño diploma.
„Primer vuelo como copiloto honorífico.”
Cuando salimos del avión, creíamos que la emoción había terminado.
Pero al entrar en la terminal vimos un enorme pasillo formado por empleados del aeropuerto, policías, bomberos y trabajadores de la compañía aérea.
Todos aplaudían.
Algunos sostenían carteles que decían:
„Bienvenido, Miguel.”
Mi hijo avanzó saludando con la mano, como si fuera el protagonista de una gran película.
Aquella noche, ya en el hotel, me confesó algo mientras observábamos los fuegos artificiales de Disneyland desde la ventana.
—Papá…
—¿Sí?
—Hoy casi me olvidé de que estaba enfermo.
Sentí que el pecho se me rompía.
Lo abracé muy fuerte.
A veces pensamos que los milagros siempre consisten en curar una enfermedad.
Pero aquel día comprendí que, en ocasiones, el verdadero milagro es conseguir que un niño vuelva a sentirse simplemente un niño.
Y ese fue el regalo más grande que nuestra familia recibió en todo aquel viaje.