—¡Mamá, hola! —dijo alegre la hija por teléfono
—Mamá… —dijo Ioana suspirando—. Ya te pedí que no preguntaras eso.
María cerró el grifo y se secó las manos despacio con un paño.
—Pero hija, es normal que quiera saber algo más del chico con el que sales.
Ioana se apoyó en la mesa y bajó la mirada.
—Andrei no habla mucho de su familia.
—¿Por qué?
La chica tardó unos segundos en responder.
—Porque no la tiene.
El silencio cayó en la cocina.
María se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no la tiene?
—Su madre murió cuando él tenía diez años —explicó Ioana—. Y su padre… se fue. Nadie sabe dónde está.
María sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Y con quién vive?
—Con su abuela.
Pedro, que estaba sentado todavía a la mesa, intervino con calma:
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó María.
—El chico es educado, trabajador… pero se nota que la vida no le ha regalado nada.
Ioana asintió.
—Andrei empezó a trabajar con dieciséis años en un taller. Dice que quiere abrir el suyo algún día.
María recordó entonces los vaqueros gastados del chico. Su nerviosismo. Lo poco que había comido.
De repente, la imagen cambió en su cabeza.
No era un chico mediocre.
Era un chico que había tenido que hacerse adulto demasiado pronto.
—¿Sabes qué hizo el verano pasado? —continuó Ioana—. Trabajó tres meses seguidos para poder pagar los medicamentos de su abuela.
Pedro sonrió con aprobación.
—Eso dice mucho de una persona.
María no respondió.
Pero algo dentro de ella empezó a moverse.
—Mamá —dijo Ioana con voz suave—. Yo sé que tú querías algo diferente para mí.
María levantó la mirada.
—¿Diferente?
—Sí… un chico con carrera, con una familia importante, con dinero…
La mujer suspiró.
—No es eso, hija.
Pero sabía que, en el fondo, algo de eso había.
Ioana se acercó.
—Andrei puede que no tenga dinero. Pero tiene corazón.
Pedro se levantó entonces de la mesa.
—María, déjame decirte algo —dijo tranquilo—. Cuando yo conocí a tu madre, tampoco tenía nada.
La mujer lo miró sorprendida.
—Ni trabajo fijo. Ni coche. Ni casa —continuó él sonriendo—. Solo tenía ganas de salir adelante.
María bajó la mirada.
Había olvidado eso.
Había olvidado que su propia historia empezó igual.
Con poco dinero.
Pero con mucho amor.
Aquella noche casi no durmió.
Pensaba en Andrei.
En su educación.
En su forma respetuosa de hablar.
En cómo había ayudado a Ioana en la cocina.
Y en cómo había mirado a su hija.
Con cariño verdadero.
A la mañana siguiente, mientras preparaba café, tomó una decisión.
Por la tarde llamó a Ioana.
—Hija.
—¿Sí, mamá?
—Invita a Andrei a comer el domingo.
Ioana se quedó en silencio unos segundos.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿No estás enfadada?
María sonrió.
—No.
—¿Entonces qué ha pasado?
La mujer miró por la ventana.
El sol iluminaba los edificios de la calle.
—Que anoche entendí algo muy importante.
—¿Qué cosa?
María respondió con una calma que sorprendió incluso a ella misma:
—Que un buen hombre vale mucho más que una familia rica.
Al otro lado del teléfono, Ioana empezó a reír.
Y en ese momento, María supo que quizá aquel chico llamado Andrei no solo había llegado a la vida de su hija.
Quizá también estaba a punto de convertirse en parte de su familia.