Durante unos segundos no respondí.
Podía escuchar la respiración pesada de mi tía al otro lado del teléfono.
Sabía que estaba enfadada.
Pero también sabía que, en el fondo, aún no entendía lo que realmente había pasado.
—Tía Rosa —dije finalmente—. No le he hecho nada a Pablo.
Hubo un silencio corto.
—¿Cómo que no? —respondió ella con voz dura—. ¡Me acaba de llamar llorando! Dice que has mandado a la administración para echarlos de la casa.
Miré por la ventana de mi pequeño piso en Valencia.
Las luces de la ciudad brillaban, pero mi mente estaba en el pueblo… en la casa de mis padres.
—Tía —dije con calma—. Esa casa es mía.
—¡Pero ellos viven ahí desde hace tres años!
—Porque yo se lo permití.
Ella suspiró con fuerza.
—La familia no se trata así, Marina.
Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.
Porque precisamente por la familia había permitido todo.
Respiré profundamente.
—Tía… ¿sabías que Laura me pidió 1.000 euros al día para poder quedarme en mi propia casa?
Silencio.
Un silencio largo.
—Eso… eso no puede ser verdad —murmuró.
—Es verdad. Tengo los mensajes.
No respondió.
Sabía que en ese momento estaba entendiendo algo que hasta ahora no había querido ver.
Continué.
—Les dejé vivir allí gratis durante tres años.
—Nunca les pedí alquiler.
—Nunca les pedí nada.
—Ni siquiera cuando cambiaron la cerradura de mi propia casa.
Escuché cómo su respiración cambiaba.
—¿Cambiaron la cerradura? —preguntó sorprendida.
—Sí.
Otro silencio.
Esta vez más pesado.
Finalmente dijo en voz baja:
—Marina… yo no sabía nada de eso.
Yo tampoco sabía muchas cosas.
No sabía que Laura iba diciendo por el pueblo que la casa era suya.
No sabía que algunos vecinos pensaban que Pablo la había comprado.
Y tampoco sabía hasta qué punto la gente podía cambiar cuando se acostumbraba a algo que no le pertenecía.
—Tía —dije con suavidad—. Yo ayudé porque los quiero.
—Pero no voy a permitir que me quiten lo único que me dejaron mis padres.
La línea quedó en silencio.
Después de unos segundos, escuché un suspiro cansado.
—Tienes razón.
Aquellas tres palabras me sorprendieron.
—Hablaré con Pablo.
Colgamos.
Aquella noche casi no dormí.
Al día siguiente conduje cinco horas hasta el pueblo.
Cuando llegué a la urbanización, varios vecinos estaban hablando en la calle.
En cuanto me vieron, bajaron la voz.
Sabían perfectamente quién era.
La verdadera dueña.
La casa estaba abierta.
Las cerraduras ya habían sido cambiadas.
Dentro había cajas.
Maletas.
Pablo estaba sentado en el sofá.
Cuando me vio entrar, se levantó.
Parecía agotado.
—Prima…
No sabía qué decir.
Yo tampoco.
Durante unos segundos solo nos miramos.
—¿De verdad ibas a cobrarme por dormir aquí? —pregunté finalmente.
Bajó la mirada.
—Yo… no sabía nada de eso.
Sabía que estaba diciendo la verdad.
Laura no estaba allí.
—¿Dónde está?
—Se fue a casa de su madre.
Asentí.
Luego miré alrededor.
La casa seguía siendo la misma.
El mismo suelo.
Las mismas paredes.
Los mismos recuerdos.
Pero ahora volvía a ser mía.
Pablo respiró hondo.
—Marina… lo siento.
No respondí inmediatamente.
Porque las disculpas no cambian el pasado.
Pero sí pueden cambiar el futuro.
—Puedes quedarte aquí una semana más —le dije finalmente—. Para que encontréis otro sitio.
Levantó la cabeza sorprendido.
—¿De verdad?
—Pero esta vez con una condición.
—¿Cuál?
Lo miré directamente a los ojos.
—Que nunca más olvides de quién es esta casa.
Pablo asintió.
Esa tarde abrí todas las ventanas.
El aire fresco entró en la casa.
Y por primera vez en tres años…
sentí que la casa de mis padres había vuelto a casa.