Fui a casa de mi empleado para despedirlo por faltar al trabajo
Yo había ido preparada para despedirlo, para decirle que la empresa no era una ONG, para darle el finiquito y marcharme.
Pero en aquella casa, con ese bebé ardiendo en fiebre y esa mujer luchando por respirar, mis palabras sonaban miserables incluso antes de salir de mi boca.
El bebé lloró más fuerte.
—¿Tiene fiebre? —pregunté.
—Desde anoche. No he podido llevarlo al médico porque Elena no puede quedarse sola.
—Démelo.
Carlos me miró sorprendido.
—¿Qué?
—Que me lo dé.
No sé por qué lo hice. Yo no sabía coger bebés. Nunca tuve hijos. Nunca quise, o eso decía para no admitir que mi vida se había llenado de edificios, contratos y reuniones donde nadie me abrazaba.
Carlos dudó, pero me entregó al niño.
El bebé estaba ardiendo.
Sentí su cuerpecito temblar contra mi pecho y algo dentro de mí se rompió.
—Patricia —dije por teléfono—. Envía una ambulancia privada a esta dirección. Y ponme con el mejor nefrólogo del Hospital La Fe. Ahora mismo.
Carlos abrió los ojos.
—No puedo pagar eso…
—No le he preguntado si puede.
Elena se movió en el colchón.
Abrió apenas los ojos.
—Carlos…
Él corrió a su lado.
—Aquí estoy, cariño.
Ella me vio.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Su cara cambió como si me reconociera.
—Usted… —susurró.
Me acerqué.
—No hable. Ya viene ayuda.
Elena buscó debajo de la almohada y sacó una fotografía vieja doblada.
—Yo trabajé… en uno de sus edificios.
Me quedé inmóvil.
—¿En cuál?
Carlos se giró rápidamente.
—Elena, no.
Pero ella ya me había tendido la foto.
La cogí.
En la imagen aparecía un edificio en construcción. Reconocí enseguida el logo de mi empresa.
Torre Mediterráneo.
Mi proyecto estrella.
Elena respiró con dificultad.
—Ahí enfermé… cuando cayó el falso techo… nos hicieron firmar que había sido culpa nuestra.
Sentí que la sangre desaparecía de mis piernas.
—Eso no puede ser.
Carlos me miró con rabia contenida.
—Sí puede. Su empresa nos calló con dinero y amenazas. Elena limpiaba productos químicos sin protección. Cuando empezaron los problemas de riñón, nadie respondió.
La mano empezó a temblarme.
Yo sabía que había existido un “incidente menor” en Torre Mediterráneo. Así me lo habían explicado mis directivos. Dijeron que estaba solucionado, que no había afectados graves.
Mentira.
Una mentira pagada con la vida de aquella mujer.
Elena tosió y Mateo rompió a llorar.
—Papá… ¿mamá se va a morir?
Carlos lo abrazó sin responder.
Yo tampoco pude hacerlo.
La ambulancia llegó quince minutos después.
Los sanitarios entraron con una camilla. Carlos intentaba reunir papeles, pañales y medicinas al mismo tiempo.
—Yo voy con ella —dijo.
—Yo llevo a los niños —respondí.
Me miró como si no supiera si confiar en mí.
Y no lo culpé.
En el hospital todo ocurrió rápido. Pruebas, oxígeno, médicos, firmas.
Di mi tarjeta.
Abrí una cuenta.
Pedí habitación privada.
Por primera vez en años, mi dinero servía para algo más que impresionar a desconocidos.
Aquella noche, mientras los niños dormían en unos sillones del hospital, Carlos se sentó frente a mí en la sala de espera.
—¿Ahora sí me va a despedir?
Bajé la mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué vino?
Tragué saliva.
—Porque soy una idiota.
Él no respondió.
Y tenía derecho.
A las dos de la madrugada, mi móvil sonó. Era Patricia.
—Perdone la hora, señora Mendoza, pero revisé lo de Torre Mediterráneo como pidió.
Me levanté de golpe.
—¿Y?
Su voz temblaba.
—Hay documentos ocultos. Pagos extraños. Firmas falsificadas. Y un correo de hace cuatro años ordenando eliminar informes médicos de trabajadores intoxicados.
Sentí náuseas.
—¿Quién lo firmó?
Patricia guardó silencio.
—Dímelo.
—Su padre, señora.
El mundo se quedó en silencio.
Mi padre.
El fundador de la empresa.
El hombre que siempre decía que “los negocios no tienen corazón”.
El mismo que seguía controlando parte del consejo aunque yo fuera la cara visible.
Miré a Carlos.
Él no sabía que mi vida acababa de romperse.
Entonces Patricia añadió:
—Hay algo más. Elena no fue la única afectada. Hubo una trabajadora embarazada que murió después de aquella obra.
Me apoyé contra la pared.
—¿Cómo se llamaba?
Escuché papeles al otro lado de la línea.
—Lucía Mendoza.
Dejé de respirar.
Ese era el nombre de mi hermana.
La hermana que mi padre me dijo que se había marchado de casa para no volver jamás.
Antes de que pudiera preguntar nada más, Carlos apareció en el pasillo con la cara desencajada.
—Señora Mendoza… Elena ha despertado.
Corrí hacia la habitación.
Ella me esperaba con los ojos llenos de lágrimas.
—Antes de que vuelvan a sedarme… tiene que saber algo —susurró.
Me acerqué.
Elena me apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba.
—Carlos no es solo su empleado.
Sentí el pecho cerrarse.
—¿Qué quiere decir?
Ella miró hacia la puerta, donde Carlos sostenía al bebé.
—Ese niño… no es mío.
El monitor empezó a pitar más rápido.
Elena tomó aire y soltó la frase que me dejó sin suelo bajo los pies:
—Es hijo de Lucía Mendoza. Su hermana. Y su padre pagó para que todos creyeran que murió con ella.