No lo abrí de inmediato.
Me quedé mirando la pantalla como si fuera a quemarme. El corazón me latía fuerte, demasiado fuerte para una mañana tan silenciosa.
Al final respiré hondo… y lo leí.
“Mamá, ¿dónde estás? Por favor contesta. Ha pasado algo”.
Fruncí el ceño.
Debajo había otro mensaje.
“Lo siento. De verdad. No sabías nada. Fue culpa mía”.
Y otro más.
“Lucía no quería que vinieras así, sin avisar bien. Pero no es eso… es que… los niños… mamá, por favor, llámame”.
Sentí un nudo en la garganta.
¿Los niños?
Le di al botón de llamar antes de pensarlo demasiado.
Contestó al segundo tono.
“Mamá”, dijo, con la voz rota. “¿Dónde estás?”
“Estoy bien”, respondí despacio. “En una pensión. ¿Qué pasa, Alejandro?”
Hubo un silencio.
De esos que pesan.
“Papá…”, empezó.
Me quedé congelada.
“¿Qué pasa con tu padre?”
“Está en el hospital. Desde ayer. No queríamos decírtelo por teléfono. Quería que vinieras… pero todo se descontroló. Discutimos, Lucía estaba nerviosa, los niños también… y yo… lo hice todo mal”.
Me senté en la cama.
Sentí cómo el mundo se me encogía.
“¿Está… grave?”
“Sí”, respondió en voz baja. “Pidió verte”.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Tantas horas pensando que no me querían allí… y la realidad era otra.
“Voy para allá”, dije sin dudar.
“No… mamá, espera, voy a buscarte—”
“Dime el hospital”.
Colgué antes de que pudiera insistir.
Diez minutos después ya estaba en la calle.
El mismo taxista de la noche anterior me miró sorprendido.
“¿Otra vez usted?”
“Asunto urgente”, dije, subiendo rápido. “Hospital, por favor”.
El trayecto se me hizo eterno.
Cada semáforo en rojo me desesperaba.
Cada minuto parecía una hora.
Cuando llegué, corrí como pude.
A mi edad ya no se corre… pero ese día lo hice.
Pregunté en recepción, subí en ascensor, recorrí un pasillo interminable.
Y allí estaba.
Alejandro.
De pie, con los ojos hinchados.
Cuando me vio… esta vez sí corrió hacia mí.
“Mamá…”
Y me abrazó.
Fuerte.
Como hacía años no lo hacía.
“Perdóname”, susurró.
Yo también lo abracé.
Porque en ese momento, el orgullo no importaba.
Nada importaba.
Solo una cosa.
“¿Dónde está tu padre?”, pregunté.
Me llevó hasta la habitación.
Abrí la puerta con cuidado.
Y allí estaba él.
Más delgado. Más pálido.
Pero cuando me vio… sonrió.
“Sabía que vendrías”, dijo.
Sentí que algo dentro de mí se rompía… y se reconstruía al mismo tiempo.
Me acerqué, le cogí la mano.
“Siempre”, respondí.
Detrás de mí, Alejandro se quedó en silencio.
Y en ese instante, lo entendí todo.
La vida es corta.
Demasiado corta para puertas cerradas, para esperas en el porche, para palabras que no se dicen a tiempo.
Ese día no solo volví a ver a mi familia.
Ese día… volvimos a encontrarnos de verdad.