Historias

Una mujer yacía en una cuneta rodeada de serpientes

—Está embarazada.

El silencio fue brutal.

Miguel sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

La mujer seguía inconsciente, empapada y cubierta de barro, pero debajo de la chaqueta húmeda se distinguía claramente el vientre abultado.

La doctora levantó la mirada hacia los agentes.

—Y todavía tiene pulso.

Aquello activó todo de golpe.

Los bomberos empezaron a mover focos.

Los sanitarios prepararon la camilla.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

Las serpientes no atacaban.

Seguían alrededor de la mujer.

Quietas.

Como si estuvieran vigilándola.

Uno de los bomberos intentó acercar una vara metálica para apartarlas y varias levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Cuidado —gritó otro agente.

Miguel observaba sin entender.

Había vivido toda su vida en un pueblo de Castilla-La Mancha y sabía reconocer el comportamiento de los animales asustados.

Pero aquello no parecía agresividad.

Parecía otra cosa.

La médica respiró hondo.

—No tenemos tiempo. Hay que sacarla ya.

Finalmente usaron mantas térmicas y humo para dispersarlas lentamente.

Algunas se deslizaron hacia la maleza.

Otras permanecieron inmóviles hasta el último momento, pegadas al cuerpo de la mujer.

Y entonces uno de los guardias dijo algo que heló a todos:

—Está caliente.

La doctora frunció el ceño.

—¿Qué?

—La zona donde estaban las serpientes. El cuerpo está caliente ahí.

La médica tocó de nuevo la ropa húmeda de la mujer.

Y abrió los ojos sorprendida.

Porque tenía razón.

El resto del cuerpo estaba helado por la lluvia y el barro.

Pero las zonas cubiertas por serpientes conservaban calor.

Miguel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La mujer llevaba horas en aquella cuneta bajo el frío nocturno.

Debería haber muerto de hipotermia.

Pero no había muerto.

La subieron rápidamente a la ambulancia.

Miguel no sabía por qué, pero no consiguió marcharse.

Algo dentro de él le decía que aquella historia todavía no había terminado.

Así que siguió la ambulancia hasta el hospital provincial.

Dos horas después, seguía sentado en la sala de espera con café frío entre las manos cuando apareció la doctora.

Tenía ojeras nuevas y la bata manchada de barro.

—La habéis salvado por muy poco.

Miguel soltó el aire lentamente.

—¿Y el bebé?

La mujer sonrió cansada.

—También sigue vivo.

Por primera vez desde que empezó todo, alguien sonrió en aquella noche.

Pero duró poco.

Porque entonces apareció un agente de la Guardia Civil con expresión grave.

—Hemos identificado el coche.

La doctora levantó la vista.

—¿Y?

El guardia tragó saliva.

—La mujer se llama Laura Ferrer. Su marido denunció esta mañana que había desaparecido después de una discusión.

Miguel frunció el ceño inmediatamente.

—¿Una discusión?

El agente asintió lentamente.

—Los vecinos escucharon gritos. Muy fuertes.

Algo se tensó en el ambiente.

La doctora cruzó los brazos.

—¿Creen que alguien la empujó a la cuneta?

El guardia tardó demasiado en responder.

Y eso fue suficiente.

Horas después descubrieron algo peor.

Laura tenía hematomas antiguos.

Costillas mal curadas.

Y señales de violencia repetida.

Cuando despertó al amanecer, lo primero que hizo fue llevarse las manos al vientre.

—Mi hijo…

La doctora se acercó rápidamente.

—Está bien. Los dos estáis vivos.

Laura empezó a llorar de inmediato.

No de alivio.

De miedo.

Miguel observaba desde la puerta sin entender todavía por qué no podía irse de allí.

Entonces Laura susurró algo casi inaudible:

—Él pensó que me había muerto.

El silencio volvió a caer.

La doctora se sentó junto a ella.

—¿Quién?

Laura cerró los ojos.

—Mi marido.

Miguel sintió rabia subirle por el pecho.

Porque de pronto todo encajaba.

La carretera vacía.

El coche abandonado.

La cuneta.

La lluvia.

Y una mujer embarazada rodeada de serpientes como si la propia naturaleza hubiera decidido protegerla hasta que alguien llegara.

Días después, la noticia apareció en todos los periódicos de España.

Pero no fueron las serpientes lo que más impresionó a la gente.

Fue la declaración de la doctora:

“Si aquellos animales no hubieran conservado el calor alrededor de su cuerpo durante la noche, tanto la madre como el bebé habrían muerto antes de que llegaran los servicios de emergencia.”

Miguel leyó aquella frase varias veces desde la cafetería del hospital.

Todavía le costaba creerlo.

Porque aquella noche había bajado pensando que encontraría un cadáver.

Y en lugar de eso encontró algo que jamás olvidaría:

A una mujer salvada por criaturas que todo el mundo teme.