Historias

Encontré unas píldoras anticonceptivas en el coche de mi marido y las cambié en secreto por vitaminas

Hablaba de unos arreglos pendientes en la cocina.

Como si nada.

Como si mi vida no se estuviera derrumbando delante de un plato de arroz.

Quería gritar.

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Quería lanzarle la verdad a la cara.

Quería preguntarle si pensaba llevar a su amante al mismo hospital donde nacieron nuestros hijos.

Pero me quedé callada.

Porque quería pruebas.

No sospechas.

Dos días después pedí un día libre en el trabajo.

Le dije a Alejandro que tenía una cita médica.

Mentira.

Me fui temprano a aparcar cerca del edificio donde estaba su empresa.

Esperé durante horas.

Vi salir empleados con acreditaciones, hombres con traje, mujeres con tacones, repartidores de comida y ejecutivos hablando por teléfono.

A las cinco y media de la tarde, Natalia apareció…

La vi salir sola.

Llevaba una chaqueta amplia y caminaba despacio, con una mano apoyada sobre el vientre.

La seguí a distancia.

Esperaba verla subir al coche de Alejandro.

Esperaba descubrir un apartamento secreto.

Esperaba confirmar la traición que llevaba meses imaginando.

Pero nada ocurrió como esperaba.

Natalia tomó dos autobuses.

Después caminó varias calles por un barrio modesto del sur de Madrid.

Finalmente se detuvo frente a un edificio antiguo de tres plantas.

Subió las escaleras lentamente.

Esperé unos minutos antes de seguirla.

No sabía exactamente qué iba a decir.

Ni siquiera sabía qué estaba haciendo allí.

Solo necesitaba respuestas.

Llamé al timbre.

Cuando abrió la puerta, me reconoció de inmediato.

Su expresión pasó de la sorpresa al cansancio.

—Clara…

No parecía asustada.

Ni culpable.

Solo agotada.

—Necesito hablar contigo —dije.

Natalia me observó unos segundos.

Luego abrió más la puerta.

—Será mejor que entres.

El apartamento era pequeño pero acogedor.

Había juguetes en una esquina.

Fotos familiares en las paredes.

Y una cuna ya montada junto a una ventana.

Me quedé inmóvil.

No encajaba con la historia que yo había construido en mi cabeza.

—¿Dónde está Alejandro? —pregunté.

Natalia frunció el ceño.

—¿Alejandro?

—No hace falta que sigas fingiendo.

Suspiró profundamente.

Como alguien que ya había tenido aquella conversación demasiadas veces.

—Clara, creo que sabes por qué estás aquí. Pero te equivocas.

Aquello me hizo enfadar todavía más.

—Encontré las pastillas.

—¿Qué pastillas?

—Las que escondían en su coche.

Por primera vez pareció realmente confundida.

Entonces dijo algo inesperado.

—Yo nunca he tomado anticonceptivos.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Qué?

—Soy estéril desde los veintiséis años.

La habitación quedó en silencio.

—Este embarazo ha sido por fecundación in vitro.

Me quedé sin palabras.

Natalia caminó hasta una estantería.

Sacó una carpeta.

Dentro había informes médicos.

Tratamientos.

Facturas.

Años de intentos.

Todo perfectamente documentado.

—Mi pareja y yo llevamos seis años intentando tener un hijo.

—¿Tu pareja?

En ese momento se abrió la puerta de la cocina.

Un hombre apareció con dos tazas de té en las manos.

—¿Va todo bien?

Natalia sonrió.

—Sí, cariño.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

Aquello no tenía sentido.

Nada tenía sentido.

—Entonces… ¿Alejandro no es el padre?

Los dos me miraron sorprendidos.

—Por supuesto que no —respondió ella.

Me llevé una mano a la frente.

Durante meses había vivido convencida de algo que acababa de derrumbarse en segundos.

—Lo siento —murmuré.

Natalia me observó con atención.

—No has venido hasta aquí solo por curiosidad.

Y entonces ocurrió.

Toda la rabia.

Todo el miedo.

Toda la ansiedad acumulada durante meses.

Salió de golpe.

Le conté lo de las pastillas.

Las llamadas.

Los mensajes borrados.

Las ausencias.

Mis sospechas.

Todo.

Cuando terminé, Natalia parecía más preocupada que ofendida.

—Clara… hay algo que deberías saber.

—¿Qué?

Dudó unos segundos.

—Hace cuatro meses Alejandro me pidió que ocultara ciertos gastos de la empresa.

Mi estómago se encogió.

—¿Qué tipo de gastos?

—Transferencias.

Facturas falsas.

Pagos que no cuadraban.

Me negué a firmar algunos documentos.

Desde entonces apenas hablamos fuera de temas estrictamente laborales.

Aquello era peor de lo que imaginaba.

Mucho peor.

No había una aventura.

Había secretos.

Y quizá delitos.

Volví a casa aquella noche con la cabeza dando vueltas.

Cuando entré, Alejandro estaba viendo la televisión.

Levantó la vista.

—¿Qué tal la cita médica?

Lo miré durante unos segundos.

Por primera vez en mucho tiempo no sentí miedo de la respuesta.

Porque ya no estaba atrapada en una historia inventada.

Ahora tenía preguntas reales.

Y estaba decidida a obtener respuestas.

—Tenemos que hablar —dije.

Su expresión cambió inmediatamente.

Y en ese instante comprendí algo.

Las pastillas nunca habían sido el verdadero problema.

Solo habían sido la puerta que me llevó a descubrir que el hombre con el que compartía mi vida escondía cosas mucho más importantes que una infidelidad.

Y aquella noche, por fin, la verdad empezó a salir a la luz.