«Te va a gustar».
Olga seguía avanzando a duras penas entre la nieve cuando una voz grave sonó a pocos metros.
—No des un paso más.
Se quedó paralizada.
Frente a ella apareció un hombre de unos sesenta años con una linterna y un viejo rifle de caza colgado al hombro.
No apuntaba hacia ella.
Miraba detrás de ella.
—¿La persiguen?
Olga apenas pudo asentir.
El hombre comprendió la situación al instante.
—Entre.
La condujo rápidamente hasta una pequeña cabaña de piedra escondida entre los árboles.
Apagó la luz.
Cerró la puerta.
Y le indicó que guardara silencio.
Apenas habían pasado dos minutos cuando se escucharon voces en el exterior.
—¡Tiene que estar por aquí!
Sergio golpeó la puerta.
—¡Policía! Abra inmediatamente.
El anciano abrió solo unos centímetros.
—¿Qué ocurre?
—Buscamos a una mujer. Ha huido de una identificación policial.
El hombre mantuvo la calma.
—Hace más de una hora que no pasa nadie por este camino.
Sergio intentó mirar al interior.
Pero la oscuridad y la estufa encendida apenas dejaban ver nada.
—Si la encuentra, avísenos.
—Por supuesto.
Esperaron unos segundos.
Después continuaron internándose en el bosque.
Solo cuando el ruido desapareció, el anciano cerró la puerta.
Olga rompió a llorar.
—Gracias…
Él le acercó una taza de café caliente.
—Mañana hablaremos. Ahora necesita entrar en calor.
Al amanecer, el hombre se presentó.
Se llamaba Andrés.
Había sido guardia civil durante más de treinta años y, tras jubilarse, decidió vivir solo en aquella cabaña.
Escuchó toda la historia sin interrumpirla.
Cuando Olga terminó, él permaneció unos segundos en silencio.
Después sacó un teléfono vía satélite que utilizaba porque en aquella zona no había cobertura.
Marcó un número.
—Buenos días. Necesito hablar con Asuntos Internos.
Olga lo miró sorprendida.
—¿Conoce a alguien?
Él sonrió ligeramente.
—Todavía quedan personas que hacen bien su trabajo.
Horas después, varios vehículos de la Guardia Civil y de la Policía Judicial llegaron hasta la cabaña.
Olga prestó declaración.
Los investigadores comprobaron las cámaras del autobús, localizaron a los pasajeros y tomaron declaración al conductor.
Al principio nadie quería hablar.
Pero uno de los viajeros rompió el silencio.
Después lo hizo otro.
Y otro más.
Las versiones coincidían.
Las grabaciones confirmaban que Olga había sido obligada a bajar del autobús.
La investigación reveló además que no era la primera vez que Sergio utilizaba su autoridad de forma abusiva.
Existían denuncias nunca formalizadas por miedo y varios testimonios que hasta entonces nadie se había atrevido a respaldar.
Semanas después fue suspendido de sus funciones mientras continuaba el procedimiento judicial correspondiente.
Los dos vigilantes también tuvieron que responder por su participación en los hechos.
Meses más tarde, Olga volvió a dar clase.
El primer día de curso encontró sobre su mesa una pequeña caja de madera.
Dentro había una brújula antigua.
No llevaba firma.
Solo una nota.
„Cuando uno cree que está perdido, siempre hay alguien dispuesto a señalar el camino correcto.”
Olga sonrió.
Guardó la brújula en el cajón de su escritorio.
Porque comprendió que aquella noche no solo había sobrevivido gracias a que decidió correr.
También porque, incluso en el lugar más oscuro, todavía existen personas que eligen proteger a quien más lo necesita.