Historias

Mi tío bajó de un coche de lujo y me vio sentada en un banco frente al hospital donde acababa de dar a luz.

Guennadi colgó el teléfono y arrancó el coche.

No condujo hacia su casa.

Fue directamente al edificio donde vivían Alina y Maxim.

Al llegar encontró varias cajas apiladas junto al portal.

Ropa.

Fotografías.

Juguetes infantiles.

Incluso la cuna desmontada del bebé.

Todo estaba cubierto por la nieve.

Alina rompió a llorar.

—Ni siquiera esperó a que saliera del hospital…

Guennadi llamó a dos hombres que acababan de llegar en una furgoneta.

—Recoged absolutamente todo.

Mientras cargaban las cajas, un coche negro se detuvo frente al edificio.

De él bajó Maxim junto a su madre.

Ambos se quedaron inmóviles al ver a Guennadi.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Maxim intentando aparentar tranquilidad.

Guennadi se acercó despacio.

—He venido a buscar la dignidad que tú has perdido.

La madre de Maxim dio un paso adelante.

—Ese piso es mío.

Guennadi sonrió.

—Eso lo decidirá un juez.

Maxim soltó una carcajada.

—No tiene dinero para abogados.

En ese instante apareció otro vehículo.

De él descendió un hombre de unos sesenta años con un maletín.

—Buenos días.

Soy Arcadio Beltrán.

Abogado.

Maxim dejó de sonreír.

Arcadio estrechó la mano de Guennadi.

—Ya he revisado la documentación.

Después miró a Maxim.

—Su esposa firmó la renuncia temporal al uso del piso mientras estaba ingresada para dar a luz.

Pero ustedes aprovecharon su ausencia para cambiar la cerradura y abandonar todas sus pertenencias en la calle.

Eso constituye un desahucio ilegal.

Además, el inmueble fue adquirido durante el matrimonio.

Aunque figure a nombre de su madre, existen pruebas de que el dinero salió de una cuenta común.

El rostro de la suegra perdió todo el color.

—Eso… eso no puede demostrarse.

Arcadio abrió el maletín.

Sacó varios documentos bancarios.

—Ya está demostrado.

Maxim dio un paso atrás.

Por primera vez parecía asustado.

Pero aquello no era todo.

Guennadi sacó otro sobre.

—Tu suegro me entregó esto antes de morir.

Maxim lo miró confundido.

Dentro había un contrato privado.

Años atrás, el padre de Maxim había prestado una importante cantidad de dinero a su hijo para comprar el piso.

El documento establecía que, si alguna vez abandonaba a su esposa o a sus hijos para eludir sus responsabilidades, la deuda sería exigible inmediatamente.

Con intereses.

La cifra era enorme.

Maxim empezó a balbucear.

—Eso… eso nunca…

—Tu padre era un hombre inteligente —respondió Guennadi—. Sabía perfectamente de lo que eras capaz.

Seis meses después llegó la sentencia.

El juez declaró nulo el desahucio.

Reconoció a Alina y a su hijo el derecho a vivir en la vivienda hasta que se resolviera definitivamente la liquidación de bienes.

Además, Maxim fue condenado a pagar una pensión acorde con sus ingresos reales después de descubrirse que ocultaba parte de su salario trabajando para una empresa de un familiar.

La madre de Maxim también fue investigada por colaborar en el fraude patrimonial.

Un año más tarde, Alina sostenía a su hijo en brazos mientras él daba sus primeros pasos por el mismo salón del que habían intentado echarlos.

Guennadi observaba la escena con una sonrisa.

El pequeño caminó tambaleándose hasta él.

—¡Tío Gena! —balbuceó.

Él lo levantó entre risas.

Porque aquel frío banco frente a la maternidad, donde todo parecía perdido, había sido también el lugar donde empezó la vida nueva que ambos merecían.