Fără categorie

Ocho hijas y ningún hijo: los vecinos se reían de él. Pero cuando se quedó viudo y las fuerzas empezaron a abandonarlo, todos comenzaron a envidiarlo…

Antonio negó con la cabeza.

—Mi sitio está aquí.

Natalia intervino:

—Papá, la casa es demasiado grande para ti solo.

—Llevo toda la vida en esta casa.

—Precisamente —respondió ella—. Ya has trabajado bastante.

Antonio sonrió.

—¿Y qué queréis que haga en Madrid? ¿Mirar por la ventana de un piso?

Ninguna insistió aquella noche.

Pero las ocho habían comprendido algo.

Su padre no abandonaría aquella casa.

Así que tendrían que encontrar otra solución.

Durante los primeros meses se organizaron por turnos.

Victoria llamaba cada mañana.

Natalia se ocupaba de sus citas médicas.

Lucía hacía pedidos de comida para que nunca le faltara nada.

Las gemelas gestionaban facturas y trámites.

Catalina iba algunos fines de semana.

Olivia llamaba por videollamada casi todas las noches.

Y Sara, que vivía más cerca, aparecía siempre que podía.

Antonio protestaba.

—No soy un inválido.

—Ya lo sabemos, papá —respondía Sara—. Pero eres nuestro padre.

El invierno siguiente sufrió una caída.

No fue grave, pero estuvo dos días con dificultades para caminar.

Cuando Gregorio, el viejo vecino que durante décadas había bromeado porque Antonio no tenía hijos varones, fue a visitarlo, encontró tres coches aparcados delante de la casa.

Dentro estaban cuatro de las hijas.

Una cocinaba.

Otra cambiaba las sábanas.

Natalia revisaba la medicación.

Sara discutía con un albañil por el presupuesto para reparar el porche.

Gregorio sonrió.

—Antonio, tienes montado aquí un hospital.

—Peor —respondió él—. Tengo ocho jefas.

Todos se echaron a reír.

Aquella primavera ocurrió algo que Antonio no esperaba.

Llegó una furgoneta cargada de madera.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Sara bajó del vehículo.

—Material.

—¿Para qué?

—Para la casa.

Detrás aparecieron sus hermanas.

Las ocho.

Habían decidido restaurar la vivienda.

—No vais a gastar dinero aquí —protestó Antonio—. Cuando yo falte, venderéis esto.

Las hijas se miraron.

Victoria sacó una carpeta.

—Precisamente de eso queríamos hablar.

Antonio frunció el ceño.

—Ninguna quiere vender.

—¿Cómo?

—Queremos conservarla entre todas.

Antonio las miró una por una.

—Pero tenéis vuestras casas.

—Esta también es nuestra casa —dijo Lucía.

Aquellas palabras lo dejaron callado.

Durante las semanas siguientes arreglaron el tejado y reforzaron el porche.

Pintaron las ventanas del mismo verde que Carmen había elegido décadas atrás.

Pero hubo algo que Antonio no permitió que hicieran los obreros.

Las puertas.

—Eso lo hago yo.

Sacó sus viejas herramientas.

Entre ellas estaba el cepillo de carpintero de su abuelo.

Su nieta mayor, Paula, de diecisiete años, se quedó observándolo.

—Abuelo, ¿me enseñas?

Antonio levantó la mirada.

—¿A hacer qué?

—Eso.

—¿Carpintería?

—Sí.

Antonio sonrió.

—Pensaba que querías estudiar Arquitectura.

—Precisamente por eso.

Durante toda aquella tarde trabajaron juntos.

Antonio le enseñó cómo sujetar la madera, cómo reconocer la dirección de la veta y por qué nunca había que apresurarse al medir.

Al día siguiente aparecieron otros dos nietos.

También querían aprender.

Una semana después, el viejo taller que llevaba años casi abandonado volvía a estar lleno.

Antonio entró una mañana y se quedó quieto en la puerta.

Había niños y niñas alrededor del banco de trabajo.

Sara cosía unas cortinas nuevas cerca de la ventana.

Catalina dibujaba un diseño para una estantería.

Y Paula utilizaba con cuidado el viejo cepillo de su bisabuelo.

Gregorio apareció junto a la verja.

Ya caminaba con bastón.

—¡Serrano!

Antonio salió.

El vecino contempló la casa restaurada, los coches aparcados y el ruido que llegaba desde el taller.

Después suspiró.

—¿Te acuerdas de todas las tonterías que te decíamos porque no tenías un hijo?

Antonio sonrió.

—Me acuerdo.

Gregorio miró hacia su propia casa.

Sus dos hijos varones vivían lejos y apenas regresaban unas pocas veces al año.

—Pues vaya idiotas éramos.

Antonio no respondió.

No hacía falta.

Pasaron algunos años.

Sus fuerzas disminuyeron y finalmente aceptó que una de sus hijas durmiera en la casa cuando él ya no podía quedarse solo.

Nunca estuvo abandonado.

Cuando una no podía ir, iba otra.

Cuando ninguna podía, aparecía algún nieto.

Y los domingos la enorme mesa del comedor volvía a quedarse pequeña.

Una tarde de verano, Antonio salió al porche.

Paula estaba reparando una contraventana.

—Abuelo, ¿dónde está tu cepillo bueno?

—En el segundo cajón.

La joven lo encontró.

Era el mismo que había pertenecido al abuelo de Antonio.

—Cuídalo —dijo él.

Paula sonrió.

—Siempre.

Antonio se quedó mirándola.

Durante más de cincuenta años había temido que no tener un hijo significara que todo terminaría con él.

El apellido.

La casa.

El oficio.

Los recuerdos.

Pero se había equivocado.

La casa no fue vendida.

Las herramientas no terminaron abandonadas.

Y todo aquello que sabía hacer con sus manos encontró a quién ser transmitido.

Solo que no de la manera que él había imaginado.

Aquella noche, sentado frente a la casa que había construido de joven, Antonio escuchó las voces de sus hijas y sus nietos procedentes del interior.

Sonrió.

De repente recordó todas aquellas bromas del pueblo.

«Ocho hijas y ningún hijo».

Durante años había pensado que aquello significaba que le faltaba algo.

Ahora, mientras envejecía rodeado de ocho mujeres que nunca permitieron que estuviera solo, comprendió que la vida le había dado mucho más de lo que él había sabido pedir.